ECLIPSADOS POR LA IGNORANCIA DELIBERADA
Los habitantes de este orbe, nacidos de la Tierra y cuantos la transiten, comparten, a modo de virtud o defecto histórico, la inclinación a eclipsar a su congénere, sostenidos por un egoísmo deleznable, en veces, acompañado del ropaje hipócrita de la civilidad. Se nos ha inculcado la admiración por la institución familiar; sin embargo, bajo esta fachada, con frecuencia se oculta un sentir genuino, envuelto en una conciliación apenas tácita donde el sujeto activo y la aparente sujeta pasiva, para emplear arcaísmos hoy en disputa, pactan entre dientes una unión precaria, el obnubiante amor, cuyo final sólo la deidad escurridiza o cualquier otra sublimidad esotérica es capaz de decretar, tanto de hecho como de derecho.
La farsa del amor como fundamento para formar la familia se diluye relativamente fácil en el marasmo de la cotidianidad: ya no te quiero, me cansé de tí, démonos un tiempito, necesito espacio, sino hubiese hijos otro sería el cantar, tengo otra mejor pareja, me cansé de tanta tolerancia, la verdad soy gay fuera de contexto, tirando a la basura eso de, te amaré por siempre, eres mi corazoncito, si mueres, moriré contigo, expone con claridad la naturaleza efímera de nuestra condición: nacemos inexorablemente para morir, jamás para amar inmortalmente. Se infiere así, sin dificultad, que en el llamado amor auténtico poco importa el sexo; lo imperante, como en el fútbol, es dilucidar quién juega de local o visitante. Los heterosexuales machistas creyeron, antaño, poseer el dominio del escenario lúdico; pero ahora, con el advenimiento del profesionalismo, hombres y mujeres se venden al mejor postor, aunque carezcan de la herramienta presuntamente anunciada.
La familia, como organización, es la capacidad simbiótica de dos seres para asumir responsabilidades y competencias, teniendo como objetivo originario la prole, natural o adoptada, aunque hoy día ceda ese lugar a la mera consecución del placer. Decía el profesor Llinás: “Yo no me casé para devorar a mi mujer, sino para compartir”. Qué candoroso ideal: admirable sería buscar el pacto, no solo el deleite copulativo.
La familia parental, entre otras formas posibles, encarna, paradójicamente, el principio del fin de la organización social y política del Estado. Su función y formato varían según los matices culturales de cada territorio, donde la identidad y las pertenencias se cifran menos como expresión artística y más como pacto de subsistencia y dominación. En la esfera íntima, las parejas y sus séquitos, si los hubiere, acuerdan ceremoniosamente hasta el acto carnal, imponiendo condiciones: ella decreta con altivez incuestionable: “el amor se hace, en esta casa, hasta las siete de la noche, esté usted o no presente”. Esta imposición, con presunción de alegoría humorística, por insólito que parezca, es políticamente correcta porque demuestra en realidad que, en toda sociedad, desde la célula familiar, siempre habrá quien mande, aunque mande mal.
Si la pareja, convertida en familia, nace de un pacto, base fundamental de la sociedad, se puede colegir fácilmente que siempre la naturaleza humana produce invariablemente un amo designado, por ellos mismos, para doblegarse, aunque sea bajo el yugo del maltrato y la sumisión, como es el símil en la política destructiva en el mundo, no solo en la Perla del Otún.
Coloquialmente se puede concluir, familia, propiedad y Estado conforman la triada perfecta para comprender una sociedad individual colectivizada, símbolo universal del egoísmo, permitiendo voluntariamente su orientación consecuentemente alienante. Las sociedades constituídas sobre estos cimientos, subsisten incólumes hasta el advenimiento, casi siempre accidental, de un cambio necesario: no es fruto de la prospectiva ni de la intención deliberada, sino un estallido espontáneo ante el agotamiento y la opresión, que agudiza la contradicción. Así se ha escrito la historia humana, que es relato de cambios, no de meros acontecimientos. De ahí devienen los divorcios y las pérdidas del poder.
Hoy en Colombia en transición, no solo energética, se asiste a una población que ha propiciado un cambio sustancial, no meramente político, para soltar esas cadenas imputadas de inquisición llenas de odio. ¡Quién lo diría! En pleno siglo XXI, la derecha, con sus partidos tradicionales, el Liberal, antecido por el conservador por su supuesta e inducida pureza, falaz entre otras cosas, y sus múltiples disidencias que no pierden su concepción ideológica, luchan denodadamente por retomar el poder ejercido históricamente por más de dos siglos. Sin embargo, enfrentan un problema colosal para volver al trono; carecen de renovación, sus liderazgos son hoy meros espectros y la única opción restante es la que decida el opacado Gran Ciudadano o “Cucho” o, quizá, el Gran Reo. La Izquierda, por su parte, espera su amanecer: “nada es eterno en el mundo”, cantaba el gran Darío Gómez, que, a propósito era godo.
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