Saltos tecnológicos que nos cambian la forma de vivir

El reto es aprender a usar la tecnología con equilibrio, al fin y al cabo las máquinas se crean para servirnos, no para sustituirnos.

Javier Ríos Gómez

Hace algunas décadas, trabajar en un banco era un ritual de papeles, sellos de caucho sellos secos, protectora de cheques, máquinas de escribir y calculadoras, lo viví en carne propia cuando trabajaba en la antigua Caja Agraria.

Las operaciones, los oficios y los documentos se elaboraban de manera manual y mecánica.

La reina del escritorio era la máquina de escribir eléctrica, que había desplazado a la tradicional, esa en la que había que apretar con fuerza las teclas y colocar papel carbón debajo para sacar copias.

Hasta que un día irrumpieron las primeras pantallas electrónicas “Wang”, pequeñas, con letras verdes que parpadeaban, como si vinieran del futuro. Llegaron con la promesa de sistematizar las operaciones, hacerlas más rápidas, eficientes y más limpias, pero también con un gran temor, que nos quitarían el empleo y la sospecha casi unánime que esas pantallas serian una amenaza.

Poco a poco, fueron llegando a la operación los computadores, que reemplazaron a las pantallas “Wang” y con ellos fueron desapareciendo también silenciosamente las máquinas de escribir, el télex, el telefax y aquellas inmensas máquinas alemanas Ascota, con las cuales se asentaban los movimientos en las cuentas corrientes de los clientes.

Nadie pudo quedarse quieto, o nos adaptábamos a las nuevas tecnologías, o desaparecíamos del mapa laboral.

Lo mismo ocurrió con las comunicaciones.  El teléfono fijo, alámbrico, grande y pesado, las extensiones y los intercomunicadores cedieron el paso a la aparición del primer teléfono inalámbrico, inmenso, pesado, costoso y un privilegio para pocos, que era numérico celular y servía únicamente para hacer y recibir llamadas, y ni siquiera desde cualquier lugar, porque no era satelital.

Los teléfonos celulares fueron cada vez más pequeños e introdujeron el concepto de pantalla y teclado alfanumérico. En ese desfile tecnológico hubo un protagonista inolvidable, el “BlackBerry”, símbolo de estatus y eficiencia en su época.

La evolución no se detuvo, los mercados, la necesidad y la tendencia empujaron el cambio, porque al teléfono celular le empezaron a incorporar, como un plus, funciones adicionales extras, como agenda, cámara y más tarde correo electrónico.

Hoy el dispositivo móvil es inteligente -smarth phone – porque es reloj, cronómetro, podómetro, localizador, gps, grabadora, cámara de foto y video, traductor, televisor, banco portátil, escáner, brújula, oficina, central de entretenimiento y hasta consultorio médico, etc.

Todo cabe en esa pequeña pantalla, hasta la inteligencia artificial, que llevamos en el bolsillo.

El dispositivo móvil se volvió una extensión de nuestra propia vida, ya no es accesorio, es parte integral de todo ser humano, porque lo raro es ver a alguien sin uno en la mano.

Y ni que decir cuando alguien olvida su dispositivo, entra en crisis, siente ansiedad, un gran vacío y hasta puede convulsionar.

La pregunta inevitable es cómo hacíamos entonces antes para vivir sin este artefacto en el que ahora lo tenemos todo?

Cada generación ha vivido su propia revolución tecnológica.

Unos vieron nacer la máquina de escribir, otros el computador, hoy nos tocó el smarth phone.

La constante siempre es la misma, al principio resistimos, después adoptamos y finalmente, volvemos indispensable.

Tal vez el reto no sea rechazar la tecnología ni rendirnos del todo a ella, sino aprender a usarla con equilibrio, al fin y al cabo, las máquinas se crean para servirnos, no para sustituirnos.

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