Un recuerdo poblado de todas esas voces que hoy hacen parte del atlas literario local, del cual Cecilia Caicedo ha sido una de sus protagonistas, pero a su vez su custodia.
Alberto Berón
La profesora Cecilia Caicedo. La escritora Cecilia Caicedo. La crítica literaria Cecilia Caicedo. La voz del universo femenino: Cecilia Caicedo.
Son múltiples las formas de enunciar su nombre, porque en cada una de esas variaciones habita un legado. Ella ha sido un referente esencial de nuestra vida intelectual y cultural en Risaralda y Pereira, donde supo detenerse en géneros y temas literarios, para ejercer un magisterio que transciende las aulas, convirtiéndose en una vocación permanente de creación y, al mismo tiempo, en un puente hacia la producción literaria de la región.
Guardo una imagen suya que quisiera reivindicar hoy. Corría el año de 1983, cuando, con el apoyo de la recién creada Área Cultural del Banco de la República, dimos vida al taller literario Mitograma – nombre sugerido por el lingüista Nelson Goyes-, el cual gracias a los buenos oficios de la directora cultural de la recién creada institución, Alba Lucía Jaramillo, llegó al mundo con oficina para las reuniones de los poetas y el apoyo irrestricto de ese naciente proyecto cultural en la ciudad.
Para nosotros, colegiales aún sin libreta militar, las intervenciones de Cecilia brillaban por su lucidez, por su modo de abordar el universo de la novela colombiana; su conocimiento profundo de Álvarez Gardeazabal, García Márquez, Rivera y tantos otros. Sabía, además, enlazar los textos con las dinámicas sociológicas y culturales del siglo XX. Gracias a ello, muchos jóvenes —varios de familias sencillas que cursaban estudios de licenciatura en Español y Comunicación Audiovisual en la Universidad Tecnológica de Pereira— encontraron en las clases de la maestra Cecilia el impulso decisivo para dedicarse a la creación literaria o a la crítica, iluminando así las ilusiones acerca de lo que podía encarnar un maestro.
Por eso, más que profesora, Cecilia Caicedo fue siempre una autoridad intelectual. Alguien capaz de descubrir la sensibilidad oculta en cada uno, de escuchar con paciencia y leer con generosidad los primeros intentos de escritura. La evoco en los escenarios de sociabilidad literaria local, en espacios en los que compartimos discusiones y sueños, mientras la ciudad y la universidad se transformaban de manera radical en lo que respecta a su infraestructura cultural.
Literatura regional
En los años ochenta —tiempos de violencia, y también del Nobel de Literatura concedido a García Márquez— Cecilia supo contagiarnos algo de su interés por la literatura regional.
Para los años noventa, el cambio de paradigmas y la globalización condujeron a reflexionar acerca de la recepción y la segmentación cultural, a encontrar en las páginas escritas por Jesús Martín-Barbero, Carlos Monsiváis y Néstor García Canclini alguna luz para pensar el entorno, el barrio, la ciudad de Pereira. Para esto se contaba con las páginas de los suplementos literarios del Diario del Otún, La Tarde, las revistas Pereira Cultural y Risaralda Cultural; allí se refleja toda una energía volcada hacia la reflexión y la creación de señales para encontrar la ciudad en las artes plásticas que circulaban por la Sociedad Amigos del Arte, el Centro de Arte Actual, la galería El Taller; las premieres cinematográficas en los teatros Nápoles y Comfamiliar; toda una movida que se irradiaba en los jóvenes.
De esa manera, Pereira, la ciudad que se expandía y construía con nuevos escenarios para las artes, se convirtió en tema recurrente en nuestras conversaciones y escritos. Cecilia supo estar atenta a ese interés por la ciudad y supo conectarse desde la literatura con la vida cultural pereirana, como testigo y protagonista, participante de la vida bohemia de aquellos años, de cineclubes y lugares de conversación vespertina como el autoservicio Bolívar y Fantasía en el centro de la ciudad. Allí nuestra generación entró en diálogo con los escritores e intelectuales de otras edades, que hoy se han convertido en historia y que para nosotros son memoria —a cuenta de la proximidad que tuvimos con ellos—, como fueron el poeta Luis Carlos González, el cronista Hugo Ángel Jaramillo, el narrador Silvio Girón Gaviria, el poeta Héctor Escobar, el periodista Miguel Álvarez de los Ríos, la poeta Nelly Arias de Ossa y muchos otros, a quienes la profesora Cecilia supo reconocer a través de una cita, una referencia literaria o un comentario radial que operaban como fuerzas motivadoras del espíritu creativo.
Un lugar en la ciudad
En parte fue esa capacidad de diálogo con las generaciones mayores y las nuevas lo que ha permitido que Cecilia Caicedo no haya caído en la reclusión, sino que, por el contrario, haya desarrollado la capacidad de darle a cada uno de los intelectuales de nuestra región un lugar en la ciudad soñada de las letras.
La sutil diferencia entre una historia que se observa a prudente distancia y una memoria en la que se está inmerso es, posiblemente, la huella que el acontecimiento deja en el recuerdo. Ese recuerdo está poblado de todas esas voces que hoy hacen parte del atlas literario local, del cual Cecilia Caicedo ha sido una de sus protagonistas, pero a su vez su custodia.
Su bibliografía pone de manifiesto la magnitud de esos intereses: La ñata en su baúl (1990), Verdes sueños (2013), los ensayos acerca del chiste, García Márquez, Álvarez Gardeazabal, Ketty Cuello, sus estudios acerca del patrimonio bibliográfico risaraldense y nariñense, sintetizan la importancia que tiene para nosotros la figura de la profesora Cecilia Caicedo.



