Hay personas que no se rinden ante las adversidades, así es Rigoberto Guevara Ospina, un fabricante de ideas por más de 40 años, a quien la llegada de Google le desplomó la venta de enciclopedias.
Don Rigoberto es más saludable que un caldo de pescado, es un rock star local, son pocos los que no se lo han encontrado recorriendo colegios, aulas, papelerías y ferias del libro con una misión clara: defender la buena escritura y devolverle valor a las palabras. Su experiencia, lo llevó a escribir el libro ‘Ponte a prueba: ¿qué tan buena es tu ortografía? A pesar de contar apenas con la educación básica.
El texto empieza a ser adoptado en instituciones educativas del país, porque comenta que los estudiantes le dicen a los profesores: ‘aprendimos las palabras agudas, graves y esdrújulas en 10 minutos’ y es que este método es la tercera apuesta por ganarle el pulso a la vida, porque después de que las enciclopedias dejaron de venderse, se ingenió el mapa de Pereira por comunas y en rompecabezas, pero llegó la Pandemia y ¡cataplum! Otra vez.
Cómo funciona
“Empuñe su mano izquierda como si fuera a darse un golpe”, así empieza don Rigoberto su explicación. “Lo que pasa es que complican algo muy sencillo, le dicen a los niños que hay sílabas y eso se puede llamar ‘golpes de voz’, contar cuántos golpes de voz hay en una palabra, con eso ya se puede empezar a contar”
¿A contar? “Sí, vea, es que las matemáticas nos las enseñan unidad, decena, centena, punto que indica mil y nadie tiene problemas con eso. Lo mismo pasa en este caso con las palabras. Ratón, en el último golpe de voz está el acento y termina en n, si el golpe de voz más fuerte da en el dedo meñique son las palabras agudas, en el anular las palabras graves, el corazón las esdrújulas y el índice las sobresdrújulas”.
Y es que a don Rigoberto le preocupa el escaso manejo del español que tiene la población en general. “Hay cosas que se van actualizando. El español tiene más o menos 300 mil palabras, aunque la Real Academia Española solo tiene aprobadas unas 93.111, para el próximo año entrarán 4.074 nuevas. Fíjese que ya se puede decir whisky con g ‘güisky’”.
Las esdrújulas son, para él, “las palabras chéveres”: cántaro, pájaro, rápido. “Siempre llevan tilde, sin importar cómo termine. Les digo: suban el dedo del corazón, ese es el dedo de las esdrújulas, pero bájenlo rápido”, bromea.
El conocimiento
Lo que sabe no viene de una universidad sino de la práctica. “He sido vendedor de libros durante 40 años, cuando iba a ofrecer una enciclopedia, la leía por partes, así aprendí de ingeniería, investigación de mercados, comercio y cuando un cliente me enseñaba algo, yo se lo transmitía a otro. Así sigo aprendiendo”.
Con una sonrisa (como siempre), advierte que la ortografía no se busca en YouTube. “Los muchachos creen que todo está en internet, pero usted busca ‘oír’ y le sale cualquier cosa. Hasta para hacer trampa hay que tener buena ortografía —dice con su humor característico— “Un viceministro fue descubierto porque en un documento escribieron Estebán con tilde en la ‘a’, lo pillaron por una tilde”.
Cuenta que de niño tuvo un problema con las tildes. “Sabía las reglas, pero les ponía dos tildes a las palabras. La profesora me gritó, pero gracias a eso me puse a investigar. Descubrí que la acentuación normativa es esencial para entender el sentido de una palabra: médico, medico, medicó… cada una dice algo distinto”.
Su libro, que promociona con orgullo y firma antes de volverse famoso, fue investigado durante 10 años, comenta que “letra por letra”, y se muestra feliz cuando lo ve anunciado en las vitrinas, con próxima llegada a Bogotá, según este inventor que no para de enseñar. “El español tiene 27 letras y todas son femeninas, la palabra más larga es electroencefalografista con 23 letras”.
“Los niños aprenden jugando, en mis libros incluyo ejercicios como este: Cien patos van cantando y cruzando un puente sobre un río, se cayó uno. ¿Cuántos quedaron? Si lee con Y, quedaron 99, si lee con Ll, quedaron 100. Mire la importancia de una sola letra”.
Don Rigo al despedirse, dejó una lección final: “la Pandemia dejó vacíos enormes, los bachilleres y hasta los profesionales quedaron con dudas, los invito a leer mi libro y practicar. La ortografía no se aprende memorizando, se aprende entendiendo y divirtiéndose. Escribir bien puede ser un juego”.



