Cuatro décadas después de la toma y retoma del Palacio de Justicia, las familias de los desaparecidos aún buscan verdad y justicia.
Han pasado 40 años desde la tragedia del Palacio de Justicia y todavía el eco de los disparos se mezcla con el silencio de la impunidad. Las cifras son frías: más de 130 muertos y 11 desaparecidos. Detrás de esos números hay historias humanas, búsquedas interminables y familias que no renuncian a la verdad. “Nunca se supo realmente qué pasó con ellos”, recuerda la periodista Julia Navarrete Mosquera. “Yo vi cómo los sacaban en fila, cogidos de la cintura, hacia la Casa del Florero. Algunos eran empleados de la cafetería. Yo los conocía, éramos clientes habituales.”
Los desaparecidos del Palacio
Entre las víctimas están los empleados de la cafetería, jóvenes y mujeres que atendían diariamente a magistrados y visitantes. Ninguno volvió a aparecer. Décadas después, las investigaciones forenses confirmaron que varios salieron con vida del edificio y fueron desaparecidos por agentes del Estado.
A esa lista se suman casos emblemáticos como el de Irma Franco Pineda, guerrillera del M-19, Ana Rosa Castiblanco Torres, empleada de cocina, Gloria Isabel Anzola de Lanao, visitante ocasional del Palacio, entre otros. Todos esos nombres se convirtieron en símbolos de una verdad incómoda.

La justicia que tarda en llegar
Durante años, las familias caminaron entre oficinas y cementerios en busca de respuestas. Solo en la década del 2000, la fiscal Ángela María Buitrago reabrió el caso, logrando procesar a varios oficiales. “Gracias a esa fiscal se comenzó a saber la verdad”, señala Navarrete.
Las investigaciones posteriores, tanto del Consejo de Estado como de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, confirmaron la responsabilidad del Estado colombiano por las desapariciones y ejecuciones extrajudiciales. Aun así, las heridas no cicatrizan. “El Palacio fue la destrucción de la justicia en Colombia, no solo por los muertos, sino por la pérdida de confianza. Todavía hay cosas que no se han revelado”, sostiene la periodista.
El peso de la memoria
Cada noviembre, las fotografías de los desaparecidos se levantan frente al Palacio reconstruido. Son los rostros de un país que aún exige respuestas. Las familias han convertido el duelo en resistencia: en su lucha, el silencio se volvió testimonio. “Cuando entré al Palacio después de la toma, parecía la Segunda Guerra Mundial”, recuerda Navarrete. “Cadáveres por todas partes, humo, cenizas… y una justicia reducida a polvo.”
Cuarenta años después, su relato es también el de Colombia entera: un país que busca reconciliarse con su pasado sin permitir que el olvido borre sus huellas.




