Pereira / París / Belalcázar (Caldas).– “Soy el autor del homicidio del sacerdote Darío Valencia Uribe”. Con esa frase, ante un tribunal en Francia, comenzó la estremecedora confesión de Julián Eduardo Cifuentes Gómez, el hombre que admitió haber asesinado al sacerdote risaraldense dentro de una camioneta en Pereira y luego haber arrojado su cuerpo a un abismo en zona rural de Caldas.
El crimen se cometió el 25 de abril de 2024 y durante semanas fue un enigma para las autoridades del Eje Cafetero, hasta que la pista llevó directamente a Cifuentes, quien huyó del país pero terminó capturado en Europa tras una circular roja de Interpol.
La desaparición del sacerdote
La historia arrancó como un caso de desaparición. El sacerdote Darío Valencia Uribe, párroco de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, en el barrio La Elvira de Pereira, salió de su iglesia en una camioneta en compañía de Julián Eduardo Cifuentes.
Cámaras de seguridad permitieron rastrear parte del recorrido: el vehículo fue visto en el centro de la ciudad y luego apareció abandonado en un parqueadero. Ante la falta de noticias del sacerdote, la Fiscalía 04 especializada de Pereira activó equipos del CTI y del Gaula, que empezaron a seguir la pista de Cifuentes.
El 28 de abril de 2024, el sospechoso salió del país rumbo a Francia. Al día siguiente, con elementos suficientes para vincularlo a la desaparición, un juzgado expidió orden de captura y la Fiscalía solicitó a Interpol emitir una notificación roja. Cifuentes fue detenido apenas pisó suelo europeo.
Confesión en Francia: armas, dinero y secretos
Ya en manos de la justicia francesa, y con la presión mediática encima, Cifuentes optó por hablar. Una delegación de la Fiscalía colombiana viajó a París para escucharlo en declaración juramentada.
Allí relató cómo conoció al sacerdote en Apía (Risaralda), cuando él trabajaba para un influyente político de la región. Dijo que construyeron una relación cercana y que el padre Valencia, según su versión, manejaba dinero, negocios y armas al mismo tiempo que ejercía su liderazgo religioso.
Aseguró que el sacerdote lo buscaba para temas de seguridad:
– “Cada vez que transportaba dinero, el señor Valencia Uribe no confiaba en nadie (…) Cuando necesitaba un arma, no era él quien tomaba contacto, yo mismo le comuniqué un contacto”, declaró.
En su testimonio habló de 20 años de “secretos”, de haber hecho “mucho daño” y de haber crecido “con un arma detrás de la almohada”. Mencionó además a un poderoso político del Eje Cafetero –padrino de un reconocido senador– que, según él, le entregaba dinero al sacerdote para “pagar su silencio”. Ninguna de estas afirmaciones ha sido, por ahora, corroborada públicamente por la justicia.
El día del crimen
Sobre el homicidio, Cifuentes contó que llevaba semanas planeándolo. Dijo que no hubo ventaja económica y que lo veía como una situación límite: “Era él o yo”, afirmó ante los investigadores.
Aquel 25 de abril, ambos se desplazaban en la camioneta del sacerdote. Valencia conducía, Cifuentes iba en el puesto del copiloto. La conversación giraba, supuestamente, en torno a un negocio por la venta de un vehículo y a trámites de papeles.
En medio de ese diálogo, cuando el sacerdote se relajó sobre el timón, Cifuentes sacó una pistola semiautomática y le disparó cuatro veces por la espalda. Después, arrastró el cuerpo hasta la parte trasera del vehículo, condujo hasta su residencia, se cambió de ropa y emprendió rumbo a la zona rural de Belalcázar (Caldas) para deshacerse del cadáver.
El cuerpo en un barranco y la búsqueda en Caldas
En su confesión, Cifuentes describió con precisión el lugar donde arrojó el cuerpo: una zona de montaña y bosque, cerca de dos casas abandonadas, en la vereda Patio Bonito. Explicó que bajó el cadáver por un barranco “haciéndolo rodar”, que lo dejó en una especie de hueco entre la vegetación y que no lo cubrió con tierra.
Con esas coordenadas, equipos del CTI y de la Fiscalía 04 especializada de Pereira, apoyados por la perra rastreadora Darcy, adelantaron una intensa búsqueda que se prolongó durante ocho días. Finalmente, hallaron restos óseos que, tras los análisis forenses, fueron identificados como los del sacerdote Darío Valencia Uribe.
Extradición, aceptación de cargos y dudas sobre el móvil
El 20 de noviembre, las autoridades lograron el traslado de Julián Eduardo Cifuentes a Colombia. En las audiencias iniciales, el hombre aceptó los cargos por homicidio, fabricación, tráfico, porte o tenencia de armas de fuego y ocultamiento, alteración o destrucción de elemento material probatorio. Ahora se enfrenta a una larga condena.
El abogado penalista José Renato Marín Carmona, representante de la Diócesis de Pereira como víctima indirecta, destacó el trabajo de la Fiscalía al coordinar investigaciones y recolección de pruebas incluso en Francia.
Sobre las versiones de Cifuentes en torno a dineros, armas y negocios, Marín fue prudente: consideró que el confeso asesino no logra concretar del todo el móvil del crimen y que, en apariencia, habría un trasfondo patrimonial, pero que lo esencial era esclarecer los hechos y recuperar la verdad sobre la desaparición y el asesinato del sacerdote.
Mientras continúa el proceso judicial, el caso deja al descubierto una trama en la que se mezclan relaciones de poder, manejos de dinero, tráfico de armas y secretos no resueltos, y que hoy tiene como protagonista a un confeso asesino que, desde un tribunal francés, decidió contar su versión de una historia que estremeció al Eje Cafetero y a la Iglesia en Colombia.



