Recordé la forma como elegían los alcaldes en Pereira, que, en sí, era muy elitista. Por eso, cuando gané las elecciones, se produjo una fractura en la manera de hacer política y en las aspiraciones y escogencia de los candidatos para ser elegidos.
Jairo Arango Gaviria
Había renunciado a la gerencia del Instituto de Crédito Territorial, ITC, en Risaralda para impulsarme como candidato a la alcaldía de Pereira. ¿Qué me motivó a tomar esa decisión? ¿A dejar un trabajo estable? No es que estuviera inconforme, sino todo lo contrario, ya que el ICT estaba posicionado como una de las empresas más importantes de la región. Allí ocupaba el puesto de director, cargo que era, después de ser alcalde, el más apetecido institucionalmente.
Quería ser alcalde para hacer muchas obras sociales en la ciudad. Gracias al Instituto de Crédito Territorial, había dejado una huella en los planes de vivienda por medio de la autoconstrucción y el apoyo y asesoría técnica para elaborar planos y mejorar los hábitats humanos.
Desde ahí partió la iniciativa y mi relación con los viviendistas de la región, que a su vez me proponían que dimitiera del cargo en el Instituto de Crédito Territorial para que fuera su candidato a la Alcaldía de Pereira.
Consulté el asunto con la señora María Eugenia Rojas, directora general del ICT en Bogotá. Durante su gerencia, ella apoyó todos los proyectos planteados para Risaralda. Me dijo que, si yo consideraba que tenía la fuerza suficiente para ello, podía proceder. Afirmó que como era la primera elección popular de alcaldes iba a tener mucha oposición. Si estaba dispuesto a asumir esta nueva responsabilidad, que seguramente en la alcaldía también lo haría bien, ya que en el ICT había hecho una muy buena labor.
Le dije que sí, que consideraba y tenía la percepción de que sí podía ganar las elecciones. Dijo: bueno, si es así, lo felicito y siempre lo voy a recordar. La vida nos pone en ciertas posiciones, y usted ya cumplió un ciclo exitoso con nosotros.
Y empecé…
Pasé mi carta de renuncia a Doña María Eugenia y regresé a Pereira con esa misión. Lo primero que hice fue hablar con los dirigentes del Partido Liberal (cuando estaba unificado). Algunos me apoyaron, otros no. De la dirección, ¿quién estuvo de mi parte? Óscar Vélez Marulanda, que era senador. ¿Quién no estuvo a mi lado? Juan Guillermo Ángel, Rodrigo Rivera, Enrique Soto, Juan Manuel Arango, César Gaviria, es decir, el 80% de esa dirigencia política liberal no vio con buenos ojos mi candidatura. Ellos, en conjunto, apoyaron al candidato Ernesto Zuluaga Ramírez.
Logré, por fuera del partido, buscar apoyo en otras fracciones de los liberales, entre ellos, el grupo de María Isabel Mejía Marulanda, Daniel Humberto Serna, que era del liberalismo popular, y con los liberales de Silfa María Blanco, que venían de ser camilistas. Conseguí que ellos me dieran el aval en este proceso. Con este respaldo, empezó la confrontación en el partido liberal, donde había una rivalidad de poder entre César Gaviria y Óscar Vélez. La polémica se fue avivando, mientras surgían seguidores a favor de un bando y del otro. El gavirismo, de alguna manera quería acabar con el viejo roble representado por Óscar Vélez, para iniciar un proceso independiente con un nuevo liberalismo.
Esto dio origen a dos directorios de unidad liberal: el de Óscar Vélez y el de César Gaviria. Alrededor de ellos se alinearon los dos candidatos a la alcaldía. No existían postulantes a la gobernación, pues este cargo aún no era de elección popular, sino que era por nombramiento del presidente.
Populares
A través de la historia política del municipio de Pereira en los últimos 30 años, el Partido Liberal venía nombrando alcaldes liberales. El único candidato de filiación conservadora con anterioridad a la elección de alcaldes fue Rodrigo Ocampo Ossa.
En 1986, el Congreso de la República promulgó el Acto Legislativo No. 1, referente a la elección popular de alcaldes. Curiosamente, uno de los promotores fue el senador risaraldense Emiliano Isaza Henao, de la fracción laureanista-conservadora, quien, con mayor ahínco, hizo promoción de las alcaldías populares. A él, en parte se le debe todo este proceso.
Con el apoyo parcial del partido liberal y con Óscar Vélez, el jefe liberal después de Camilo Mejía, logramos convocar e integrar a esta candidatura y campaña el grupo pastranista-conservador, de Jaime Salazar Robledo. Desde hacía algún tiempo había existido una sinergia entre Óscar Vélez y Jaime Salazar. De esta manera logré consolidar el apoyo del conservatismo pastranista.
Cuando hablé con Jaime Salazar, dijo que todo estaba en discusión. Sin embargo, yo sabía que la base de ese movimiento, los dirigentes populares y la acción comunal, que pertenecía a los pastranistas, estaban conmigo. Ellos en todo momento lo manifestaban, incluso previamente, cuando pertenecí al Instituto de Crédito Territorial. La gran mayoría de esos líderes me respaldaban.
Recordaba mucho a un orientador de scouts del colegio salesiano, cuando empecé a estudiar. Un día le pregunté cómo se enciende una hoguera. Me dijo: si el fuego se prende desde abajo la llama siempre va estar encendida. Si se enciende por encima, la llama tendrá un color azul muy frágil con tendencia a extinguirse rápidamente. Esa metáfora la utilicé en la campaña, porque pensaba que, si las bases me apoyaban, la campaña tendría el apoyo popular, factor decisivo para ganar las elecciones. Esa era la forma en que haría la campaña.
Me sentía tranquilo porque Jaime Salazar como dirigente máximo del pastranismo me estaba apoyando, no en su totalidad, porque el doctor Ricardo Ilián, que también había sido Gobernador, quería ser candidato a la alcaldía, y obviamente Jaime Salazar no podía negarle esa posibilidad. Su nombre entró en la contienda electoral, por lo que ese movimiento tuvo dos candidatos: Jairo Arango, respaldado por la fracción de Óscar Vélez y Jaime Salazar, y Ricardo Ilián, apoyado por una minoría del grupo pastranista.
El peso
Mientras continuaba la campaña empecé a pensar en el cuento de los cinco centavos que le faltan al peso. Si una persona desea comprar un artículo que vale cien pesos, pero solo tiene 95, es muy buena plata, aunque no le alcanza para adquirir lo que necesita. Me sentía en esa misma situación. Estaba convencido de que para el propósito de la elección era lo mismo 95 pesos que 5 pesos. Había un buen número de personas en mi proyecto político, pero no me alcanzaban las cifras, por lo que se hizo necesario ir por más. Amplié la plataforma electoral, porque no contaba aún con la Unión Patriótica, ni con la fracción conservadora de Emiliano Isaza, que era un reconocido laureanista.
Les dije a los de la Unión Patriótica que pasaba lo mismo que con Jaime Salazar, la base estaba conmigo, pero los principales dirigentes, entre ellos Gildardo Castaño, todavía no estaban en mi movimiento, y no veía señales de que quisieran estar de mi lado en la campaña. Pensé que tenía que ampliar las instancias, tener un grupo centralizado que les indicara que necesitaba su apoyo. Y en efecto, busqué a Bernardo Jaramillo, candidato a la presidencia y presidente de la Unión Patriótica, y lo convencí para que respaldara mi candidatura.
Él dio todas las indicaciones a la base en Risaralda para que me apoyara. Logré que el movimiento Unión Patriótica estuviera a mi lado. Así que la convergencia y la plataforma electoral se ampliaron mucho más. ¿Y qué pasó?, que no estaba satisfecho del todo. Por lo que pensé: ya tengo esto, pero todavía me falta conseguir más respaldo de otros movimientos minoritarios y de organizaciones gremiales y sindicales que en el transcurso de la campaña se fueron adhiriendo a mi candidatura. Pereira, hasta la primera elección de alcaldes, era dirigida por una élite política que no permitía que personas ajenas a sus intereses políticos y económicos pudieran aspirar al primer cargo de la ciudad. No obstante, conversé con uno de sus máximos dirigentes para que me apoyara. Su respuesta fue contundente: usted no tiene ni apellidos ni abolengo.
Irreverente
En ese caso, como he sido irreverente cuando se hace necesario, le respondí: “Mire, yo leí el Acto Legislativo No. 1 sobre cómo se eligen los alcaldes, detallé todos los requisitos y no encontré que se requiere tener apellidos de alcurnia ni abolengos. Lo que sí dice la Ley es que la persona que se postule para alcalde no requiere sino tener los votos suficientes para ser elegido. Se trata de una elección popular, y como tengo los votos, pues seré yo el primer alcalde por elección popular de Pereira. Me dijo: “¿Entonces usted me desafía?” Respondí que no desafiaba a nadie, que mejor lo invitaba a mi posesión como alcalde, que era otra cosa. Hasta ahí llegó el asunto. Sin embargo, recordé eso por la forma como elegían los alcaldes en Pereira, que, en sí, era muy elitista. Por eso, cuando gané las elecciones, se produjo una fractura en la manera de hacer política y en las aspiraciones y escogencia de los candidatos para ser elegidos.
Fui pionero en este nuevo proceso de elección popular de alcaldes. Aunque era una persona de estrato social medio, les indiqué a los futuros candidatos que sí era posible hacer las cosas, y que sí podían lograrlo, a pesar de estar expuestos al riesgo. Tener sentido de pertenencia por la ciudad era lo fundamental y tener reconocimiento y amor por lo social. Por eso, la campaña costó poco dinero. Y, la verdad sea dicha, jamás entregué plata a ningún dirigente para que estuviera en mi proyecto político. Nunca pude entender eso de dar dinero a las personas para que apoyaran una campaña. Siempre he entendido que hay dos formas de llegarles a los líderes populares: por el corazón o por el bolsillo. Le aposté siempre a llegarles a los líderes por el corazón, nunca por el bolsillo.
Tenía claros los conceptos para hacer la campaña en cuanto a la forma de cómo hacer la política y de alcanzar los resultados para ganar las elecciones. Cuando me decidí a comenzar el trabajo político bajo estos parámetros, la oposición fue aterradora. Los dos periódicos de la región hablaban bondades del candidato de César Gaviria. Por ende, era una confrontación entre el gavirismo y el oscarismo. Alguien planteó la división de estas dos campañas entre blancos y negros. Los blancos eran los de élite, los del Club Rialto, y los negros, los que apoyaban a Óscar Vélez. La oposición era muy fuerte. En ese momento, la prensa y la radio, y a veces los panfletos que se sacaban en contra, eran inclementes. No había internet ni redes sociales, pero, a pesar de ello, la gente sí estaba informada. De igual forma se hacía uso de otros elementos publicitarios, como los pasacalles, las pancartas y los afiches, para llevar el mensaje político.
Muy dura
Fue una campaña muy dura. Todavía faltaba la posición de unificación conservadora, porque ya teníamos alineadas todas las posibles fuerzas políticas y gremiales que irían a acompañarme en la elección. Recuerdo, por ejemplo, que empezamos a ser escuchados en los gremios. Uno de ellos, que funcionaba muy bien, era la Cámara Junior. Me invitaron a hablarles, y fui, como iba a cualquier parte, porque el candidato tiene que ser un alcalde para toda la comunidad, no solo de un sector, sino de la sociedad entera y sus habitantes. Me di cuenta de que la Cámara Junior era también un grupo elitista, donde la mayoría estaba alineada con el doctor Ernesto Zuluaga. Era gente del Nuevo Liberalismo, pero bajo las orientaciones de Gaviria. En el transcurso de la reunión, mientras explicaba mis propuestas, sentía que la energía no era compatible, que allí no había ninguna sinergia, ni absolutamente nada. Ahí, sinceramente, no iba a conseguir ningún voto. Cuando estaba explicando el programa, ya al final, empecé a entender que no iba a encontrar ningún apoyo en ese escenario.
Terminé la exposición y le dije al grupo que me acompañaba a esas reuniones: No, no. Con esta experiencia no me programen una reunión más en este tipo de escenarios. Lo que necesito es conseguir votos y con estos blancos de aquí no tendré ninguno. Entonces ahí no voy a tratar de insistir, porque eso ya está hipotecado en la otra campaña. Mientras yo vengo a echarle un cuento a una gente que no quiere oír, mejor me voy para Cuba, para Villa Santana, en fin, allá puedo lograr mayor votación. Eso sí, estén seguros de que por donde pase, voy arrastrando y voy aumentando el caudal electoral que necesito.
Dejé de asistir a esos escenarios improductivos para lograr el objetivo de ser alcalde. La vía era mostrar el programa a todos los sectores, pero acumular votos era el propósito final. Quedaba entonces llegar a la Unificación Conservadora, porque hacía cuentas en mi campaña y las cuentas no me cuadraban. Me faltaban votos, teniendo en cuenta que la competencia era muy fuerte. El candidato opositor fue apoyado por las dirigencias nacionales encabezadas por César Gaviria, que era ministro de gobierno, y Fabio Villegas, su viceministro.
Todas las órdenes, y todo el dinero, los auxilios parlamentarios, que todavía existían, eran direccionados a través de entidades como la Carder y también por una empresa de cemento y materiales de construcción que repartía sus insumos entre la comunidad. ¿Pero a cuál comunidad? Pues a la que estaba con el otro candidato. Se me ocurrió decirles a los dirigentes de Unificación Conservadora que sacaran un candidato de esa colectividad, es decir, un tercer candidato en la política. Les dije: saquen ustedes un candidato. Pónganlo a competir. No les estoy diciendo que me apoyen, pero la idea es que no se pasen al otro lado, sino que ustedes saquen un tercer candidato a la alcaldía. Háganle la campaña, y ya nos mediremos, pero háganlo de esa manera, y voy a tener muy en cuenta ese gesto. “¿Cuándo?” Preguntaron. “Cuando esté de alcalde”, les respondí, porque seguramente voy a ganar. No les digo que su candidato ahora va a ganar, aunque sí puedo darles la confianza de que si yo salgo elegido estaré muy cerca, seremos amigos. Les dejo ese planteamiento.
Eso le dije al senador Isaza y, en efecto, ellos designaron al doctor Néstor Javier Arango. Un abogado muy prestante en la ciudad, muy inquieto, estudioso, educado, que tenía un plus que no teníamos ni Ernesto ni yo. Él tenía el don de la oratoria. Cuando se hizo el conteo, el día de las elecciones, él sacó más de 11 mil votos. Ernesto 29 mil votos y yo saqué 32 mil. En pocas palabras, si el doctor Néstor Javier Arango hubiera salido con más tiempo, habría logrado hacer otra historia en Pereira. Porque no está escrito que él no pudiera ser el alcalde, de pronto sí, ya que era un excelente candidato, bien hablado, agradable, carismático. Eso era él, pero el tiempo realmente no le dio para hacer un repaso por todas las comunidades, por todos los barrios, todo era muy rápido.



