Jáiber Ladino Guapacha
En el reciente poemario En otro sueño, en otra vida (Casa de Asterión, 2025) de Yeni Zulena Millán, la posibilidad de ser múltiple regocija el alma. La voz poética encuentra en la cotidianidad una situación, un estímulo, que moviliza el alma hacia un pasado que vio, que le perteneció. Siguiendo la idea platónica de que aprendemos lo que ya vivimos, encontramos en este volumen once parábolas en las que el presupuesto ético apuesta por la levedad de la que hablaba Calvino. Las imágenes le quitan peso al dolor, a la angustia de la existencia. Son una celebración de lo pequeño y lo frágil, son postales de un carnaval que nos hace hierba y mariposa.
Estas ideas surgen a propósito de la primera parte del libro, conformada por una suerte de ‘monólogos’ que inician con la expresión «En otra vida fui…». Los oficios, o mejor aún, las vocaciones que desarrolla Millán son las de exploradora, cuidadora de caballos, nadadora, domadora, pintora, mesías, forense, celestina, fabricante de velas, navegante y ‘soñador polietilénico’.
Estas existencias, encarnaciones o reencarnaciones, apuestan por una empatía con la vida vegetal y animal que amplía la mirada del lector, buscando que se detenga en los mínimos movimientos que describen el milagro de la existencia. Sin pretensiones, con la riqueza del que prescinde de la joyería pues sabe que en la desnudez está su mayor riqueza: «Para mí, desvestir lo que tengo en frente es devolverle su identidad, instalarle bajo la luz primitiva del paso no dado, del papel no aprendido».
Ahora bien, lejos de contemplar en la fábula una vida bucólica de la que se carece, la actitud de la poeta es comprometida con una causa: la profecía que sabe otorgar el poema: «No quiero ser utensilio, quiero ser ingrediente. No quiero entrar afilado en la congestión de otros, quiero avivarles, mostrarles otras torciones, otros giros, otras temperaturas, otros colores».
Estas escenas de una vida posible se suman a las de la autora, nacida en Circasia (Quindío), quien además ejerce como docente, oficio que alterna con el de escritora en el que destaca como poeta siendo también ensayista y narradora. En la actualidad adelanta estudios doctorales en Tradición literaria, cultura escrita y humanidades digitales en la Universidad de Salamanca, España.
Leer este poemario, en la transición de un año a otro, regocija el alma. Se agradecen tantos amigos, tantos momentos. Se espera por más, se ama más. Se está dispuesto y preparado para ser ingrediente y no utensilio, y, como lo escribe la misma Yeni, «Mañana será otro día y si el Dios de las sobras y los recalentados sigue queriendo, volveremos a ser los mismos».
Por cierto, y pensando en estos días de la Pascua de Navidad, cierro esta invitación con la narración de cuando la autora fue mesías.
Del poemario
En mi otra vida fui mesías. Al verme, cada persona decía haberme conocido de antes, de algún sueño o profecía, que mi nombre y mi arribo habían sido anunciados en las crines recortadas de su caballo o en los caracoles de su sopa. Todos los que se acercaban a mí esperaban que les dijera qué debían hacer para ser felices o para descansar, pero tal sabiduría no llegaba a mí. Al alejarse decían “Quizás su padre lo haya abandonado”, yo sabía que no era así, que mi padre solo actuaba como el hombre que era y no como el arbusto que se imaginaban. A la edad de diez años, mientras lanzaba piedras al estanque a las afueras del templo, al fin tuve lo que llamarían “una revelación”: un hombre rico pasó a mi lado y tras observarme silenciosamente decoró mis manos con tres monedas de oro. “Son tuyas” dijo “con ellas puedes hacer lo que quieras”. Al quedarme alelado con mi recién llegada fortuna, no noté que el hombre había seguido su camino, no pude agradecerle. Recordé entonces que mi madre solía decirme que, si yo así lo deseaba, podría multiplicar mi alegría con solo decidirme a compartirla. Así entonces, con mis tres valiosas monedas, fui a la panadería más cercana, las puse sobre el mostrador y le pedí a la panadera que tomara toda mi fortuna a cambio de su pan. Ella levantó mucho las cejas y sonrió, después trajo una bolsa con una docena de panes de leche aún tibios. Cuando terminé de repartirlos entre los vagabundos, leprosos y ciegos que había a aquella temprana hora en la plaza aún me quedaba un pan, así que me senté a comerlo junto a ellos, mientras veíamos cómo también las palomas y las hormigas estaban dichosas de tomar parte en el milagro.



