HÉCTOR TABARES VÁSQUEZ
“Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos…..pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas…., las palabras luminosas que se quedaron aquí…..el idioma…..se lo llevaron todo y nos dejaron todo…..Nos dejaron las palabras.” (1) Seguramente hay en el espacio, en el medio ambiente, buena porción y de manera rutilante, omitiendo no decir interesantes y de suma importancia, temas diversos sobre cuya esencia debería recaer la obligación de abordarlos. Más aún, de imperativa, necesaria oportunidad en lograrlo, en razón de la trascendencia, la gabela, la imprescindible coyuntura hacia la novedad, la actualidad, que los revisten. No obstante, la mentalidad, la atmosfera en la cual está envuelto nuestro pensamiento, favorece ocupar el momento brindado, en acometer una tarea en otrora de gran provecho, ahora casi desdeñada, dejando de emplearla, subutilizada e ignorada en numerosas ocasiones. No son menos las circunstancias propicias malogradas, en aras de amenas, ricas y excelentes construcciones literarias, de artículos destinados a novedosa información, de enviarle a la audiencia no solo asuntos de sumo interés, sino el de provocar y producir en el lector grata impresión, en general, la necesidad de ser buscado en los anaqueles, en los estantes, en los sitios de redacción. Esta olvidada aseveración del ilustre poeta y clásico de las letras, nos involucra en la serie de interrogantes a donde se arriba hasta el límite de las preocupaciones personales y de los demás, en el sentido de preguntarse si lo notorio de los variados y copiosos comentarios alrededor de la peculiaridad y la forma de exponer, en algunos casos el modo repetitivo y la tendencia en el atropello del idioma, el proceder desordenado en el estilo, pero principalmente inquietante, común y corriente, es el descuido y el retraso en materia del significado, en el repetido y pertinaz vicio y defecto de mostrarnos tan escasos de un léxico adecuado, demasiado insistentes en el uso de términos, al respecto, definidos como reiterativos y desinformados, mostrando ingente e intransigente desidia, en veces no equivocarnos al afirmarse en la ocurrencia de frecuente torpeza y desconocimiento del vocabulario idóneo en el manejo de los signos gramaticales y de la composición, no siempre la mayormente indicada. En el fondo, la lectura y el recordar las sabias palabras del chileno, no cesamos de pensar en la pobreza lingüística, en la miseria ortográfica, en la carencia de ingredientes de calidad en habilidades y de cualidades en el método y en la escritura de las cuestiones tratadas. Hacemos mutis por el foro, empero indudablemente, malgastamos un patrimonio indiscutiblemente extraordinario en el cometido de construir monumentos de grandeza, en el arte de expresar. Hemos dilapidado una fortuna legada, renunciando pasivamente a convertirnos en mejores, siquiera en el simple discurrir.
(1)NERUDA, Pablo. Confieso que he vivido I. Editorial Seix Barral. S. A. I.985. Pág. 59.

