EL DÍA MUNDIAL DE LA RELIGIÓN

Por: Rubén Darío Franco Narváez

El próximo domingo 18 de enero, celebramos el Día Mundial de la Religión. No es una fecha para el proselitismo ni para la exaltación de una sola bandera dogmática; es, por el contrario, una invitación a la pausa necesaria. Es una jornada para reconocer que, bajo la diversidad de túnicas, rezos y templos, la humanidad entera comparte la misma sed de trascendencia y las mismas preguntas frente al misterio de la existencia.

En el corazón de la experiencia religiosa no habita solo el rito, sino la búsqueda de aquello que sobrepasa el tiempo físico. Es aquí donde mi reflexión cobra una vigencia al plantear la pregunta que ha desvelado a filósofos y teólogos por milenios: ¿Existe la vida eterna?

Para el creyente, la respuesta no admite vacilaciones. Sí, existe la vida eterna. Vana sería nuestra fe si no estuviéramos seguros de ella. Esta sentencia no es un consuelo superficial ante la muerte, sino el fundamento mismo del sentido. La eternidad no es una posibilidad remota que aguarda al final del camino; es el motor que pone en marcha la voluntad y la esperanza.

Sin embargo, esta visión no nos aleja de la realidad terrenal; al contrario, nos ancla a ella con una mayor responsabilidad ética a través de tres pilares fundamentales:

La vida eterna no se presenta como un regalo pasivo, sino como un destino que se labra en el presente. En nuestro interior habita la conciencia, esa brújula divina que juzga cada actuación y nos susurra que el acto más pequeño tiene un eco en el infinito.

A pesar de las aparentes diferencias doctrinales, existe un punto de encuentro universal. Todas las creencias convergen en una misma directriz: Dios. Reconocer este origen común es el primer paso para desarmar los fanatismos. -Si todos los caminos apuntan hacia el mismo Creador, la religión debe dejar de ser una frontera para convertirse en un instrumento de unión, amor y respeto mutuo.

El 18 de enero 2026, nos exige mirar más allá de lo visible. La verdadera unidad proviene del reconocimiento de esa Fuerza Superior que nos hermana.

La eternidad la construimos -coherentemente- con nuestros pasos, derribando prejuicios y escuchando la conciencia.

Que la religión sea, pues, el abrazo y no la distancia.

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