Pereira, “Perla del Otún”

La historia no tiene verdades absolutas. Tiene aproximaciones a ella. He encontrado al menos dos versiones al origen del epíteto “Perla del Otún”.

Walter Benavides Antia

Versión 1
En el caso de Pereira, la transición de Cartago, Cartago Viejo, Parroquia, Villa de Robledo, Aldea de Pereira, Distrito de Pereira, Municipio de Pereira, al sonoro epíteto de “Perla del Otún” no obedece a un decreto singular ni a un instante fundacional. Responde a un proceso acumulativo de maduración cívica, eclosión literaria y transformación económica que tuvo su epicentro intelectual entre las décadas de 1920 a 1940.
Mientras otras ciudades ostentaban títulos nobiliarios otorgados por la Corona española, Pereira debió forjar su propia aristocracia simbólica. “Perla del Otún” surge como la respuesta estética de una élite intelectual y cívica que buscaba equiparar su joven urbe con las grandes capitales históricas, anclando su identidad en dos pilares fundamentales: la riqueza hidrográfica del río Otún y la pureza aspiracional de una “perla” cultivada por el esfuerzo humano.
Un periodo donde la aldea de bahareque se miró al espejo del progreso y, a través de la pluma del poeta Julio Cano Montoya (1877-1929), decidió bautizarse a sí misma, como una joya. Al denominarse “Perla del Otún”, se realiza una operación semántica de mestizaje: un símbolo de lujo (la perla) se la une a una realidad hidrográfica. Esta fusión sugiere que la ciudad es el tesoro extraído de las entrañas de la tierra y del río, una riqueza que no fue heredada, sino descubierta y pulida.
Pereira creció arrullada por el rumor del Otún. Existe un poema que sembró la semilla imaginaria de la cual brota la “Perla”. Se trata del Himno de Pereira, letra compuesta por el poeta Julio Cano Montoya, y musicalizada por el maestro Luis A. Calvo, himno oficializado en 1923.
El análisis textual del himno revela la génesis de la metáfora. En su primera estrofa, Cano Montoya escribe: “Al recio empuje de los titanes de la montaña, bajo este sol, como la Venus de las espumas surgí del bosque…”. Es altamente probable que “Perla del Otún” sea una derivación popular y periodística de esta potente imagen poética consagrada en el himno oficial.

Si la ciudad es la Venus del río, es por extensión, la joya del río. “Perla del Otún” no fue un accidente retórico; fue una necesidad sociológica. Entre 1920 y 1940, Pereira experimentó el despertar a la modernidad. La llegada del ferrocarril en 1921, la reconstrucción urbana y el auge de la economía cafetera transformaron la aldea en una urbe cosmopolita en tiempo récord.
Publicaciones como El Diario (fundado en 1929) fueron vehículos fundamentales. Titular en 1944, “sacerdotes claretianos llegaron a ejercer su vocación en la Perla del Otún”. El hecho indica que, para ese momento, Perla del Otún estaba plenamente asentado y era de uso común, no una novedad. Era la forma estándar y respetuosa de llamar a la ciudad en contextos formales.
La investigación histórica permite concluir que el apelativo “Perla del Otún” no tiene una fecha de nacimiento única, pero sí una época de nacimiento clara: el periodo de entreguerras y modernización comprendido entre 1920 y 1940.
1. Surge de la imaginación del Himno de Pereira (Julio Cano) y la necesidad de una identidad estética durante el auge económico.
2. Se consolida entre los años 30 y 40, se asienta en el lenguaje periodístico, eclesiástico y literario como el título formal de la ciudad, diferenciándola de otras capitales colombianas.
3. Se institucionaliza con el Centenario de 1963 y se convierte en marca de civismo.
Pereira se llama “Perla del Otún” desde la época en que dejó de sentirse un pueblo de colonos para sentirse una ciudad capaz de dialogar con el mundo. Es un nombre hijo del tren, del café, de la poesía y, sobre todo, del río que le dio la vida.
Hoy, aunque comparte escenario con la “Querendona”, la “Perla” sigue siendo el nombre que los pereiranos usamos cuando queremos vestir la ciudad de gala, recordando que, bajo el asfalto y el progreso, sigue latiendo la promesa de una joya nacida de las aguas del Otún.

Versión 2
En la poesía barroca española, y muy especialmente en la obra de Luis de Góngora y Argote (1561-1637), existe una obsesión estética por la transformación de la naturaleza en joyería. En la Fábula de Polifemo y Galatea, Góngora escribe: “sin concebir rocío, parir perlas”. El mecanismo mental aquí es la metáfora pura: el rocío, que es el residuo líquido de la niebla o la condensación nocturna, se visualiza como perlas esparcidas sobre la hierba.
Un lector que encuentre textos antiguos describiendo “los valles del río cubiertos de perlas al amanecer” estaría leyendo una descripción poética del rocío dejado por la niebla. El río Otún es el causante fundamental de la niebla en la ciudad. Actúa como un generador termodinámico de humedad que, acoplado a la topografía de cañón y a los vientos de valle, transporta masas de aire saturado directamente hacia el poblado. Sin el río y su cañón profundo al norte, la incidencia de niebla sería drásticamente menor.
El río Otún no “fabrica” niebla de la nada, pero provee la materia prima esencial: el vapor de agua. El río nace en la laguna del Otún a gran altura y desciende rápidamente, manteniendo un caudal constante. A su paso por la zona oriental de Pereira, el río fluye por un cañón em dos sectores, del puente Mosquera a la calle 40, y luego se encañona en el sector de Nacederos antes y Cuaquillo antes de desembocar en el río Cauca.
La evaporación directa de la superficie del agua, sumada a la evapotranspiración de la biomasa ribereña, mantiene la masa de aire dentro del cañón en un estado casi permanente de alta humedad. Cuando la temperatura desciende en la noche, esta masa de aire confinada en el cañón alcanza la saturación. Se forman así los “bancos de niebla”.
Existe una ciudad en España desde el siglo XII, llamada también “Perla”. Está situada a orillas del rio Duero. Es famosa por sus nieblas densas y persistentes. Esa ciudad es Zamora, en la comunidad de Castilla y León, conocida tradicionalmente como “La Perla del Duero”.
En resumen, la “perla” no es la niebla, sino el adorno retórico con el que el lenguaje ha intentado capturar la belleza, a veces helada y a veces brumosa, del río Duero en España y del Río Otún en Pereira.
Pero hay más. A través del análisis cruzado de las crónicas de Pedro Cieza de León, los registros de Pasajeros a Indias del Archivo General de Indias y la documentación notarial de las fundaciones de ciudades, identificamos que, aunque numéricamente minoritarios frente a la hegemonía andaluza y extremeña, el contingente zamorano ocupó posiciones de alta magistratura civil y militar.
Figuras como Melchor Suero de Nava, natural de Toro, y Antonio Pimentel, de la órbita de Benavente y Mayorga, no fueron meros peones en el tablero de Jorge Robledo; fueron los arquitectos jurídicos y militares de la llegada a tierra Quimbaya, quienes desde la cuenca del Duero llegan hasta las cuencas del río Tataquí o río Otún.
*Historiadepereira.com.co

 

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