Javier Ríos Gómez
La variante Condina, que nació como variante sur
sur y que forma parte de la expansión vial hacia Cerritos
y Armenia, es hoy un corredor estratégico de Pereira.
Aunque su inauguración es relativamente reciente
(2012), el nombre con que se denominó (Condina) por
sugerencia del alcalde de ese entonces Enrique Vásquez
Zuleta, conecta la obra con una memoria mucho más
antigua, la de la vereda y centro poblado Condina, reco
nocidos en la cartografía oficial y en la vida rural de la
ciudad.
Nombrar una vía moderna con un topónimo histórico
es un gesto que merece destacarse. La ciudad no solo abre
caminos de asfalto, también abre rutas hacia su pasado.
El escritor e historiador José Daniel Trujillo ha seña
lado que el nombre proviene del apellido de Mariano
Conde, propietario de la mayoría de los terrenos donde
se asentó la aldea “Condina de Nuestra Señora de Chi
quinquirá”, que según el historiador Raúl Ortiz Toro ya
de presos para trabajar en la construcción del “cami no de montaña”.
Posteriormente, en 1854, una ordenanza dispuso adjudicar tierras a los padres de familia de la Aldea Condina, con el fin de ensanchar la población y atraer nuevos habitantes.
En 1892, se afirmaba que Condina pertenecía al Dis trito de Cartago y que su distribución estaba en la vía que unía a Pereira con el Camino del Quindío, por el punto denominado El Roble, conocido por siglos como Robles.
Con la creación del Departamento de Caldas en 1905, bajo el gobierno del General Reyes, Pereira pasó a ser uno de sus municipios, y el distrito se dividió en 12 frac ciones. En ese contexto, Condina reaparece como refe rencia territorial en la época de las grandes iniciativas de infraestructura. Entre 1910 y 1920 se construyeron las primeras carreteras hacia Armenia y Cartago, con solidando la importancia de este nombre en la memo ria vial de la región.
Etiquetas urbanas
No nació de la nada
Más allá de su origen exacto —hacienda, apellido o camino—, Condina se convierte en símbolo de cómo la ciudad puede tejer con tinuidad entre lo rural y lo urbano, porque Pereira no nació de la nada, se levantó sobre veredas, haciendas y rutas coloniales. La variante Condina es más que un corredor vial, es un puente entre el presente y el pas ado. Su nombre rescata la memoria rural y abre el debate sobre cómo debemos nombrar nuestras calles y avenidas para que cuenten la historia de la ciudad.
En tiempos de urbanización acelerada, recordar que cada nombre guarda una lec ción de identidad es vital. Pereira necesi ta que sus vías hablen de su gente, de sus haciendas, de sus caminos antiguos y de sus pueblos indígenas. Solo así la ciudad será, además de moderna, consciente de su memoria y orgullosa de su historia.
para 1854 tenía iglesia construida con patrona titular, sostenimiento garantizado (congrua) y bajo la dirección de un cura propio, Fulgencio del Castillo, hasta 1861.
Antes de recibir ese nombre, el lugar fue conocido como El Palmar y posteriormente como Obaldía, lo que demuestra la evolución de la toponimia en la región. Historia
La historia oral y documental confirma que hacia 1851, colonos antioqueños liderados por Fermín López, pro venientes de Cabal hoy Santa Rosa de Cabal, intentaron fundar un poblado con el nombre de “Aldea de Nuestra Señora de Chiquinquirá de Condina”, en un llano alto entre los ríos Consota y Barbas. Este caserío, inicialmen te llamado El Palmar y Obaldía, fue reconocido oficial mente en 1853, cuando la legislatura del Cauca decretó que la aldea pasara a denominarse Condina.
En 1863, con la fundación de Pereira, la población de este caserío se trasladó hacia la nueva zona urbana, y el poblado se convirtió en la vereda Condina.
La importancia de Condina estuvo estrechamente ligada al Camino del Quindío, ruta fundamental para la comunicación entre el centro y el occidente del país. Ya en 1843, el gobierno había destinado mano de obra
El historiador Víctor Zuluaga Gómez ha insistido en que nombres como Condina no son simples etiquetas urbanas, sino huellas de haciendas y veredas que dieron forma al territorio. Para él, recuperar estos topónimos es un acto de resistencia cultural y pedagógica, porque la ciudad debe recordar que su modernidad se levantó sobre caminos de arrieros, manos campesinas y memo
rias invisibilizadas.
El caso de la variante Condina revela una práctica que debería convertirse en política pública, denominar las nuevas obras de infraestructura con nombres que evo quen la historia de la ciudad.
Carreteras, puentes, intersecciones y avenidas no deben quedar anónimas o con denominaciones neu tras; deben ser espacios de memoria que enseñen a las generaciones actuales y futuras cómo llegamos a ser lo que somos.
Ejemplos como la vía que conecta el Terminal de Transportes con Punto 30, aún sin nombre oficial, o la intersección Galicia, actualmente en construcción por el consorcio Vías del Samán, son oportunidades para ren
dir homenaje a la historia antigua de Pereira y a los per sonajes que marcaron su identidad.



