La industria del despecho

Fabian Henao Ocampo 

La reciente partida de Yeison Jiménez ha dejado al país en un estado de conmoción que trasciende lo musical.  Es lamentable un final tan inesperado y tan doloroso. Pero tras el luto y las despedidas, ha emergido una realidad que pocos dimensionaban en su totalidad: el colosal imperio económico construido sobre los cimientos de la música popular. Las cifras que hoy salen a la luz son muy altas y estarían representadas en fincas, caballos de paso fino, avionetas privadas y un estilo de vida rodeado de lujos no son solo el inventario de un artista exitoso, sino el resultado de una industria que ha aprendido a monetizar el sentimiento colectivo como ninguna otra.

Se estima que los activos del artista Jeison Jiménez (q.e.p.d) podrían alcanzar los cincuenta mil millones de pesos, cifra que resulta del éxito de una estructura empresarial donde la música es el motor de arranque. Jiménez no era solo una voz, era un gran empresario.  

El verdadero secreto radica en que esta industria no vende solo canciones, sino experiencias de consumo, por ejemplo, el “matrimonio” entre la música popular y el licor es, quizás, la alianza comercial más sólida de Colombia: en un país con una profunda cultura del despecho, cada acorde de guitarra parece empujar al público al consumo de alcohol. 

Muestra de ello, es el día de la muerte de Darío Gómez, ese día se agotó el aguardiente en todas las tiendas y bares de Medellín, lo que demuestra cómo la figura del ídolo impulsa la rotación de inventarios en el sector de bebidas alcohólicas. Así las cosas, el flujo de caja que genera un concierto, una feria o incluso el duelo por un artista, alimenta una cadena de valor que beneficia toda una industria que se mueve a punta de canciones.

Todo esto pone en entredicho el verdadero aporte cultural de la música popular en Colombia. Estamos ante artistas genuinos o frente a una fría maquinaria de explotación emocional que capitaliza y convierte en dinero el amor y sus tristezas. La respuesta puede ser un si en ambos casos, Colombia es un pueblo bebedor y emocional en el que casi todos hemos pasado alguna vez por una “tusa” y esto lo capitalizan muy bien los grandes empresarios.  

Al fin de cuentas, Yeison Jiménez representaba al joven de estrato humilde que a punta de esfuerzos y talento conquistó rápidamente la cima y aprendió rápidamente  el funcionamiento de una industria que con sus cosas buenas y malas genera mucho dinero. 

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