CARLOS PATIÑO
Colombia y Ecuador han sostenido una relación durante años. Una relación en la que se ha compartido historia, cultura y aperturas comerciales. Y aunque los conflictos comerciales no siempre se inician producto de efectos colaterales, también se interpretan como gritos de guerra silenciosos que tienen efectos incuantificables, dicho esto, el escenario de tensión entre Colombia y Ecuador evidencia la necesidad de un diálogo que evite la escalada de las medidas adoptadas por ambos mandatarios.
El presidente Noboa indica que Colombia no ha cumplido con respaldar la seguridad de la frontera y la medida tomada por él fue incrementar el 30% de aranceles para Colombia. La justifica a través del discurso de cuidar la seguridad de Ecuador procurando que la frontera entre ambos países sea protegida por las fuerzas militares ecuatorianas y colombianas. El presidente Petro decidió responder con la ley de reciprocidad, acudiendo a aumentar aranceles para Ecuador y suspender el suministro de energía para el país vecino.
La ley de reciprocidad no constituye una provocación ni un acto ideológico; se trata de una medida de equilibrio orientada a defender a los productores nacionales. En ningún caso implica apartarse de las responsabilidades comerciales adquiridas con los países con los que existen tratados vigentes. Por el contrario, la reciprocidad busca salvaguardar el empleo y fortalecer la economía interna.
El mayor riesgo que existe en la tensión entre ambos países es aceptar relaciones desiguales, permitir que un país con el que se ha tenido años de lazos tome decisiones que perjudiquen la estabilidad comercial entre ambos. Si bien es importante dar prioridad a la seguridad de un país, es necesario conocer cómo se da la realidad de los intercambios en las decisiones que se toman.
Apoyar la decisión tomada por el presidente Petro, no debe implicar romper diálogos con Ecuador ni desconocer la historia compartida. Todo lo contrario, es un llamado a negociar desde la igualdad y el respeto mutuo.
El diálogo debe ser genuino y transparente; no puede surgir de la imposición ni de decisiones desafortunadas que afectan directamente a la población de ambos países

