Pbro. Diego Augusto Arcila Vélez
Cada año por estas fechas los sacerdotes de la Diócesis de Pereira, convocados por nuestro Obispo y pastor Monseñor Nelson Jair Cardona Ramírez, nos reunimos una semana para encontrarnos con Dios, hacer oración y renovar nuestros compromisos como ministros ordenados para el servicio de Dios y de la Iglesia. Este es un espacio privilegiado que hace de nosotros, los sacerdotes, un tiempo para intensificar la oración delante de Jesús Eucaristía, acercarnos al sacramento de la confesión y hacer propósitos sinceros de cambio, de conversión y de entrega en la tarea apostólica que Él nos ha encomendado.
Ser sacerdote hoy se hace más retador y difícil, son muchas las circunstancias que debemos enfrentar como personas y ante nuestras comunidades; muchas veces la incomprensión y el rechazo de un número pequeño de fieles o personas indiferentes nos hacen sentir agotados y sin fuerzas. Pero de la misma manera muchos de los bautizados en nuestras comunidades nos animan y fortalecen, nos valoran y ayudan en la bella y noble tarea de llevar a Cristo a tantos que lo necesitan.
¿Qué sería de nuestros pueblos y ciudades sin un sacerdote que ore por todos, presida la Eucaristía y perdone los pecados de la humanidad? El sacerdote es un faro luminoso en medio de tantas necesidades del pueblo de Dios. Nuestra tarea es unir desde la oración y la fe el cielo y la tierra para que haya un mundo mejor, más justo y equitativo, en donde Dios haga su presencia para sanar, liberar y ayudar a tantos corazones que lo necesitan.
En el Corazón de Cristo nace la Iglesia y el sacerdocio. De su Corazón Sagrado dependemos todos los bautizados, llamados por Él, a ser su imagen y a amar a nuestros semejantes hasta dar la vida por ellos, como Él la entregó por todos. Eso significa un sacerdote en la sociedad, aquel que imitando a Cristo da la vida por aquellos que son sus ovejas, enseñándoles las verdades de Dios y de su Iglesia, con alegría, paz y santidad.
Los retiros espirituales son para moldear nuestro corazón al estilo del corazón de Cristo, Sumo y único Sacerdote; Él nos envía cada año y nos renueva en lo más interior de nuestra conciencia y corazón. Ser sacerdote vale la pena, desgastarse por los demás en nombre de Cristo, es la mejor recompensa; celebrar la Eucaristía para alimentar nuestros pueblos, es el más grande regalo; perdonar los pecados en su Nombre y abrir las puertas del Paraíso a todos, no tiene precio. Oren mucho por nosotros los sacerdotes, ayúdennos en la tarea urgente e imperativa de ser santos y ejemplares; no nos critiquen tanto y valórennos, como sé que lo hace la mayoría de nuestros fieles. Nosotros puestos en las manos de Dios y renovados en nuestra vocación por estos retiros, trataremos de ser imagen de Cristo en nuestras comunidades.


Ojalá se analice, en profundidad, el “problemita” de la pederastia.