Con una trayectoria forjada en algunos de los territorios más complejos del país y una carrera marcada por la disciplina, la constancia y los resultados, el coronel Julián Andrés Arango Betancourt asumió recientemente el mando de la Octava Brigada del Ejército Nacional, con jurisdicción en el Eje Cafetero. Su llegada representa una apuesta por una comandancia cercana a la ciudadanía, con énfasis en la seguridad, la labor social y el bienestar de las comunidades.
A sus 46 años, este oficial oriundo de El Cerrito, Valle del Cauca, habló de sus raíces humildes y de una vocación militar que se sembró desde la infancia, cuando ingresó al Colegio Militar General Agustín Codazzi, en Palmira. Hijo de Héctor Fabio Arango, pensionado del Ingenio Manuelita S.A., y de Carmen Elena Betancourt, el hoy coronel recuerda que fue allí donde comenzaron a forjarse los valores que han guiado toda su vida profesional.
Ingresó en 1998 a la Escuela Militar de Cadetes José María Córdova, en Bogotá, donde se graduó como subteniente del Arma de Ingenieros. Su primer destino fue el Batallón de Ingenieros N.° 12 General Liborio Mejía, en Florencia, Caquetá, en plena intensificación del conflicto armado. Esa experiencia temprana en la guerra marcó su carácter operativo y su enfoque en la obtención de resultados en favor de la seguridad y las comunidades.
Su hoja de vida incluye pasos por el Batallón de la Guardia Presidencial durante el gobierno del expresidente Álvaro Uribe Vélez, la comandancia de un grupo antiexplosivos en Cali con jurisdicción en Valle del Cauca, Cauca y Nariño, así como cargos estratégicos en planeación, infraestructura militar, lucha contra el narcotráfico y protección de activos energéticos del país.
Hoy vuelve a la región, luego de 9 años, y recuerda su paso en 2017 en el Quindío cuando estuvo en el Batallón de Ingenieros de Pueblo Tapao. Ahora regresa para liderar la Octava Brigada con una visión integral, enfocada firmemente en la misión, pero con una mirada profundamente humana.
-¿Cómo nace su vocación militar?
Desde muy niño. Ingresé al Colegio Militar General Agustín Codazzi, en Palmira, y allí me sembraron los valores militares: disciplina, responsabilidad y amor por la institución. Mis padres fueron muy exigentes conmigo y eso me marcó para siempre.
-Su primer destino fue Caquetá, en un momento muy complejo del país. ¿Qué significó esa experiencia?
Fue una escuela de vida. Llegué al Batallón de Ingenieros N.° 12 en Florencia cuando la guerra estaba en su punto más alto. Allí entendí la importancia de buscar resultados reales para la seguridad, pero también de trabajar por el bienestar de las comunidades.
-Cuando prestó sus servicios en la Guardia Presidencial. ¿Qué aprendizajes le dejó?
Muchísima responsabilidad. Estar en la Guardia Presidencial, en el Palacio de Nariño, implica un nivel de exigencia muy alto y un compromiso permanente con la institucionalidad del país.
-Ha pasado por zonas de alta complejidad. ¿Qué representa llegar al Eje Cafetero?
El Quindío es un departamento más tranquilo, pero no por eso menos importante. Aquí se siente el cariño y el respeto de la gente por el Ejército, y ese respaldo es un compromiso enorme para mantener la estabilidad en seguridad.
-¿Qué le gusta hacer cuando se quita el uniforme?
Soy muy sencillo. Me gusta jugar fútbol y microfútbol, leer, ir al cine y, sobre todo, compartir tiempo con mis hijas. También me interesa mucho la geopolítica y estar informado de lo que pasa en el mundo.
-¿Qué tipo de comandante quiere ser ahora en su mando en la Octava Brigada?
Un comandante cercano. Siempre he creído en estar con las tropas, comer con el soldado, caminar con el soldado. Los militares también somos humanos, sentimos, nos duele y nos importa la gente. Trabajar por un Ejército más humano, cercano a la gente y comprometido no solo con la seguridad, sino también con el bienestar y la confianza de los ciudadanos.



