Por Walter Benavides Antia
La palabra fracaso no siempre denotó una derrota silenciosa, una melancolía existencial o una indiferencia generacional. Su origen etimológico, trazable hasta el italiano fracasso, nos remite al ruido, al estruendo, a la rotura violenta y sonora. Por tanto, fracaso era el sonido físico de algo que se quebraba, el colapso material de una estructura que se viene abajo con mucho ruido. Era un evento auditivo y ruidoso antes que psicológico. En el idioma español, el fracaso ha migrado desde el exterior hacia el interior. Mientras que en culturas como la anglosajona protestante, el fracaso se muestra como un error procedimental, un “fallo” técnico que puede corregirse, en el pensamiento hispano el fracaso se interioriza y se convierte en morada, en una condición permanente del alma. Esta distinción es importante. Existe una diferencia entre fallar (errar un tiro, un juicio, una sentencia) y fracasar (romperse, estrellarse). El fallo puede ser técnico; el fracaso es existencial.
En nuestro mundo, el fracaso se presenta bajo la máscara de anomalía, descuido, desinterés. La narrativa de la modernidad, inspirada en objetivos de éxito y obsesionada por optimizaciones medibles, ha relegado el concepto de “fracaso” a la categoría de patología social y personal.
Calificamos alegremente a personas, instituciones, gerentes, deportistas, gobiernos, tecnología, campañas, de fracaso, sin conocer el papel que jugaron las variables que llevaron a esa situación de calificación.
En la historia de la filosofía, desde los pensadores griegos, hasta la crítica posmoderna a la sociedad del rendimiento, revelan una lectura radicalmente distinta: el fracaso no es el opuesto del éxito, ni su negación.
La filosofía misma puede ser calificada como una disciplina del fracaso. Es posible que la equivocación de esta disciplina sea su intento de establecerse como ciencia, la “reina de las ciencias”, encargada de juzgar declaraciones, pensamientos y acciones humanas desde un tribunal de razón pura.
La capacidad de fracasar no es una debilidad, sino una acción que distingue al ser humano del animal, y hoy de la máquina y la IA.
Mucho antes de que la modernidad instaurara el culto al progreso, tradiciones milenarias advertían sobre la fragilidad ontológica del éxito. Lao Tse, plantea en el Tao Te Ching una interrogante: “¿Éxito o fracaso: cuál es más destructivo?”. Esta pregunta invierte la lógica convencional. Nos advierte sobre los peligros inherentes al éxito, sugiriendo que subir la escalera social o acumular logros económicos, laborales, deportivos, sociales, posiciona al individuo en un estado de inestabilidad perpetua. Nos enseña que si subimos escalones de la escalera, o si bajamos peldaños, siempre sobre la escalera estamos en una posición de inestabilidad. Solo cuando bajamos y estamos con los dos pies en el suelo, recuperaremos y mantendremos el equilibrio.
Por tanto, el fracaso, en el sentido taoísta, es el retorno al suelo, a la base, a la realidad fundamental donde podemos operar en armonía con el Tao, en lugar de luchar contra él mediante la ambición desmedida. El fracaso nos devuelve a la tierra, curándonos de la vertiginosa enfermedad de la altura.
@walterbenavidesantia7484

