Pbro. Diego Augusto Arcila Vélez
Camilo Torres Restrepo, sacerdote colombiano, nació en Bogotá un 3 de febrero de 1929, de una familia acomodada; su padre, Calixto Torres, fue un médico pediatra y su madre, Isabel Restrepo, una economista. Camilo ingresó al Seminario Conciliar de Bogotá, donde se ordenó sacerdote el 29 de agosto de 1954. Rápidamente fue enviado a Bélgica, a la Universidad de Lovaina, donde se graduó como sociólogo, y desde allí emprendió una interesante carrera como investigador, profesor y estadista, con una mirada crítica sobre la realidad social de su tiempo.
Fue nombrado por el entonces cardenal Luis Concha Córdoba como capellán de la Universidad Nacional de Colombia. Una vez allí desplegó un trabajo pastoral muy activo desde el Evangelio con los jóvenes universitarios, insertándose con ellos en los barrios pobres de Bogotá para llevar el mensaje de amor por los pobres que aprendió de Jesús de Nazaret. Poco a poco, en los barrios obreros y marginados de su ciudad, lo fueron identificando como un ser que, además de su vocación sacerdotal, sentía un amor profundo por los desvalidos y excluidos de la sociedad.
Creó organizaciones locales, apoyó iniciativas vecinales y fue el inspirador de las juntas de acción comunal, un mecanismo social para exigir a los gobernantes mejores condiciones y sistemas de vida en los barrios populares. Afirmó en sus sermones y escritos que “la pobreza no es un problema moral individual, sino una forma colectiva de no tener en cuenta a los más necesitados”. Con el paso del tiempo, el padre Camilo se convirtió en un personaje muy presente en la vida nacional, hasta llegar al extremo de ser señalado como un “enemigo del poder y de la oligarquía”. Lo llamaron el “cura rojo” y, después, cuando se dejó seducir por la lucha armada y revolucionaria, lo denominaron el “cura guerrillero”.
Hoy, unos y otros se sirven de su figura para manipularlo y para manipular a la Iglesia a la que sirvió con entereza y amor. El hallazgo, la semana pasada, de sus “supuestos” restos lo ha vuelto a colocar en el escenario nacional y latinoamericano, reabriendo viejas discusiones históricas, políticas y religiosas. En momentos tan delicados para Colombia, a puertas de elecciones presidenciales y parlamentarias, no es ni sano ni prudente colocar al padre Camilo como un adalid de los pobres y desprotegidos. El padre Camilo fue un hijo de Dios, un sociólogo, pero ante todo un sacerdote que amó, como lo hizo su inspirador Jesús, el Hijo de Dios, a los más olvidados de este país. El padre Camilo murió el 15 de febrero de 1966, en San Vicente de Chucurí, Santander, asesinado. Desde entonces y hasta hoy, ni los pobres se han acabado, ni la guerrilla ha sido honesta, ni los gobiernos han dejado de ser corruptos.

