Fabian Henao Ocampo
La blasfemia, definida como el desprecio a lo sagrado, es una falta grave que en algunas naciones conlleva penas severas, mientras que en nuestra sociedad se traduce en una profunda ofensa cultural. Proferir juicios basados en supuestos sobre figuras fundamentales de la fe no es una simple ligereza, sino una transgresión que afecta la identidad y las fibras más íntimas de millones de personas. Colombia es por tradición, historia y demografía un país Católico.
Bajo esta óptica, las declaraciones del presidente de Colombia, Gustavo Petro, sobre la supuesta vida íntima de Jesucristo resultan desatinadas y constituyen un ataque a la fe cristiana. Al sugerir relaciones carnales sin fundamento, el mandatario ignora la investidura de su cargo y demuestra una desconexión preocupante con el respeto que merece un país que, aunque laico por ley, es mayoritariamente creyente. Decir que Jesús hacia el amor con María Magdalena, es una interpretación basada en las fantasías de los que creen que todo funciona de esa manera, ver el mundo con las gafas rojas.
Es imperativo subrayar que el presunto romance entre Jesús y María Magdalena carece de sustento histórico o bíblico, siendo una narrativa de ficción derivada de interpretaciones erróneas. Que un jefe de Estado valide estos mitos como realidades documentadas es un error académico y una provocación social que vulnera el rigor que debería acompañar al discurso oficial.
Lo más alarmante es el uso de un lenguaje crudo y carente de sobriedad, lo que convierte este episodio en un “sacrilegio desde el poder”. Un líder tiene la responsabilidad de administrar sus palabras con prudencia, pues al agredir los símbolos sagrados bajo relatos ficticios, fractura el tejido social y erosiona la confianza de quienes encuentran en su fe una brújula moral.

