Ciudades Vivas

Gilberto Trujillo

Grand Slam significa algo así como: un gran éxito, una gran meta alcanzada y todos sabemos que en tenis esta expresión se refiere a los cuatro grandes torneos: Australia, Roland Garros, Wimbledon y el U.S. Open. El primero de ellos terminó el fin de semana pasado y a pesar de la diferencia horaria algo alcancé a ver en directo. Como siempre, estos eventos deportivos nos deparan sorpresas y satisfacciones. Uno queda deslumbrado al tasar los niveles de exigencia en lo físico y mental. Cada bola se trabaja independientemente del resultado parcial. Concentración completa en el momento: desde el servicio hasta el análisis de la respuesta del rival y finalizando con la planificación del ataque. En esta ocasión fuimos testigos de dos experiencias trascendentales: a) el juego más duradero del certamen -entre Carlos Alcaraz (español) y Alexander Zverev (alemán)- que duró cinco horas y media, y b) la oportunidad de ver consagrarse al ganador más joven en obtener los cuatro grand slams o el más veterano de este certamen, lo que al final terminó con el triunfo del español sobre el considerado el mejor tenista de todos los tiempos, el serbio: Novak Djokovic. De otro lado, la I.A. nos sigue mostrando su gran capacidad: cero errores, cero reclamos; la tecnología desplazando puestos de trabajo tradicionales. En otro aspecto, y remitiéndome a que el torneo citado se juega sobre cancha sintética -la más exigente por la dificultad de resbalar adecuadamente sobre ella- se advierte la importancia de tener de respaldo un equipo de trabajo capacitado: médicos, entrenadores, técnicos, sicólogos, en fin, un nutrido grupo de profesionales de altas calidades y especializaciones mirando hacia el mismo objetivo… no como este desgobierno de chambones.

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