Elegir sin destruirnos

Chistian Londoño Orrego

Vivimos tiempos donde opinar diferente se ha vuelto motivo de enemistad, las  redes sociales ya no son espacios de encuentro sino trincheras digitales, la política ya no se dialoga se  confronta y  Las ideologías se volvieron etiquetas que dividen más de lo que construyen.

Estamos a puertas de elecciones y el ambiente se siente cada vez más tenso, aparecen pancartas; desaparecen otras, se levantan discursos apasionados; pero también se multiplican los mensajes inflamados, lo  preocupante no es la diferencia de ideas, ya que eso es natural en una democracia, lo alarmante es el tono con el que algunos han decidido expresarlas.

Observamos como  aspirantes a cargo público utilizan sus redes sociales para referirse de manera despectiva a quienes considera parte del pasado político, anunciando que les “quitará la curul” y reduciéndolos a calificativos que más parecen burla que argumento, este tipo de lenguaje no representa renovación; claramente representa confrontación, no demuestra decencia política; evidencia división.

Resulta contradictorio proclamarse como alternativa ética, mientras se desacredita al otro con desprecio, la verdadera transformación no comienza insultando al adversario, sino elevando el nivel del debate, la política necesita firmeza, sí, pero también altura, necesita carácter, pero también respeto.

La Escritura nos recuerda: “La blanda respuesta quita la ira, mas la palabra áspera hace subir el furor” (Proverbios 15:1), este principio no es señal de debilidad; es señal de madurez, defender convicciones no exige humillar al otro, diferir no implica descalificar.

Podemos participar, opinar y votar con determinación, podemos defender lo que creemos justo, lo que no podemos permitir es que la contienda electoral degrade el lenguaje y fracture la convivencia,  nuestra integridad es mas valiosa y ninguna campaña justifica la falta de respeto.

Tal vez el mayor desafío en esta temporada no sea ganar una curul, sino ganar la capacidad de dialogar sin destruirnos, porque al final, más allá de los resultados en las urnas, lo que marcará el rumbo de nuestra sociedad será la calidad moral con la que aprendamos a convivir en medio de nuestras diferencias.

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