La risa libertaria de Humberto Eco

Gonzalo Hugo Vallejo arcila

La noche brumosa del 19 de febrero de 2016, desde Milán, el mundo de las letras despidió a Humberto Eco a sus 84 años. La plaza Castello y el almenar del castillo Sforzesco se quedaron sin su asiduo visitante. No hablaremos del filósofo y lingüista, ese alquimista que buscó la fusión entre pensamiento, lenguaje y religión; no entraremos a otear por los entresijos de su magna obra. Partiremos de un pasaje memorable de su novela “El Nombre de la Rosa” (1980). Ahí encontramos el meollo de la trama: la muerte por envenenamiento de varios monjes en el monasterio de san Gabriel y el diálogo entre el benedictino Jorge de Burgos y el Franciscano William Baskerville sobre un libro de Aristóteles, texto que, según éste, apologizaba la risa. El abad, ciego y anciano, bibliotecario del cenobio, es interpelado por el fraile inquisidor quien indaga sobre la risa…
“La risa mata el miedo y, sin miedo, no puede haber fe. Aquél que no le teme al Demonio no necesita más de Dios”, respondió agriamente el monje al referirse a las páginas infectas del libro de Aristóteles. Éste asentía en su tratado de biología, que el niño se humanizaba a través de la risa. El estagirita decía que el ser humano era un “homo ridens” (“criatura que ríe”) y lo equiparaba con el “zoon politikon y logikon” (“animal social y racional”). El neoplatonismo en su versión islamista (Avicena) y occidental (Plotino), sepultó esa visión “risueña” del individuo por considerarla mundana y pecaminosa. El perdón en su versión judaica (Maimónides) y cristiana (Santo Tomás), acabaron por prescribir y castigar la risa como elemento insurgente y herético. Los escritos de Francois Rabelais y los “ensayos” de Michel de Montaigne, en el Medioevo tardío, lograron reivindicar a ese “Homo Risibilus”.
Durante varios siglos, la risa muchas veces fue una herramienta punible y de control social que blindaba la mojigatería costumbrista y la hipocresía palaciega y reprimía el libre pensamiento. Otras tantas, fue el arma política que satirizaba, a través de la literatura, el periodismo naciente y el humor gráfico, la vida social y gubernamental con sus prejuicios raciales, clasistas y patriarcales (Voltaire, Giovanni Bocaccio, Erasmo de Rotterdam, Jonathan Swift, Jane Austen, Charles Dickens). Después, al despuntar el siglo XX, vendría Henri Bergson con su ensayo sobre la risa que, según él, es la expresión de la comicidad del ser humano la cual cumple una importante función social: con ella se combate la rigidez social que castiga y corrige todo aquello que amenaza el crecimiento individual y colectivo. Sigmund Freud vendría luego a hablarnos de la risa liberadora de los impulsos reprimidos.
La biblioteca monumental de Humberto Eco (“El hombre que lo sabía todo”), albergaba, miles de ejemplares. Los textos de Giovanni Guareschi, Jaroslav Hasek, Mark Twain, Ambrose Bierce, Bertold Bretch, Aldous Huxley, George Orwell y Milan Kundera, entre otros, alimentaron su propuesta literaria en torno a la reivindicación de la risa como elemento subvertidor de los viejos paradigmas sobre el orden adusto y rígido que impera en ese laberinto axiológico absurdo y desolado por donde deambula, hoy día, el “Homo demens”. En una entrevista de 1975, Humberto Eco afirmó que los signos y el lenguaje ya no son atributos exclusivos del ser humano. La última diferencia que nos queda es la risa como mecanismo que conspira en medio de misteriosos silencios. Cuentan que una ligera sonrisa se escapó del rostro de Dios cuando creó al ser humano a su imagen y semejanza.
La risa es el arma más eficaz existente para contrarrestar los efectos nocivos de la estupidez humana. gonzalohvallejo@gmail.com

Otras opiniones

- Advertisement -
- Advertisement -

Te puede interesar

- Advertisement -