Héctor Tabares
De cuando en vez es saludable sacudirse del diario trasegar, quizá de la rutina y el ocio, pero fundamentalmente, de la pre modernidad, dejando de un lado la tecnología y destinar unos momentos a buscar en otros espacios un poco de distracción o hipotéticamente en ese afán de un regreso a circunstancias de aquellas en cuyo seno la existencia mostraba otras facetas y nos ubicaban en un medio aún circunscrito a las esperanzas y a las ilusiones de un mundo diferente. Por más que se insista en entrar en un universo distinto, en la tendencia a supuestamente actualizarse, a la permanente cantaleta de los demás en el cometido de procurarle sentido a la vida, de salirse del ensimismamiento en un ambiente rodeado solo de recuerdos y de un pasado pegado al torso y al alma, no obstante esa continua andanada de protestas ante la tozudez de quedarse en el mismo punto de antes, hay casos en los cuales no es nada fácil desprenderse, soltar. Es como algo adherido, instalado para siempre en el cuerpo, en el pensamiento, llevándolo a regodearse de trances donde posiblemente las condiciones aparentemente eran favorables, los motivos tenían diversa significación, la tradición, las costumbres, poseían un apego, un cierto aire de consuelo, manera simple y alegre de enfrentarse a la realidad. En un vuelco de tal entidad, girando la puerta del presente y adentrarse en aquel refugio ficticio, resulta grato y muchas ocasiones conveniente hallarse de repente, deseado o no, encontrado al azar o producto del oficio y la dedicación a la organización de datos y de enseres de toda índole, toparse de pronto con un álbum familiar, presunta o efectivamente archivado, incita a penetrarse en él y de todos modos aventurarse a la dicha o a la nostalgia, pasando páginas y fotos son demasiadas las sorpresas puestas de bulto en una extensión de tiempo y de lugar, en la imaginación, la mente, todas a una acometidas emocional y espiritualmente en unas situaciones fuertemente padecidas, en particular y en lo mayormente incidente, al aparecer los rostros en otrora frescos, fragantes, plenos de energía, muy seguramente, sin decirlo, ni pronunciarlo, las aspiraciones, las ambiciones, las tristezas, los alborozos, las desesperanzas, los anhelos. Suena fuerte, duro, expresivo acercarse a una sector inanimado, mudo, colmado de figuras únicamente, de un blanco y negro, empero de un profundo contenido social y humano, transportándonos, recorriendo unos sitios y parajes desaparecidos o anticuados, caras juveniles, o semblantes azotados en el edad, seres en formación o pertenecientes allende el olvido y de la ingratitud. En definitiva, un extraordinario, asombroso e inesperado viaje hacia dimensión desconocida respecto del valor, la importancia y trascendencia destacadas al instante en el hoy, en el mañana.

