Historia y migrantes

Sebastián Arango Náder

Mucho hemos escuchado recientemente sobre la agencia del gobierno estadounidense encargada del servicio de inmigración y control de aduanas – ICE- y su papel en la administración de Donald Trump. La prensa y las redes sociales divulgan constantemente información sobre las redadas que adelanta en ciudades consideradas “santuarios” para los inmigrantes en Estados Unidos. Lugares que coinciden, por lo general, con núcleos electorales que se han opuesto al movimiento político del actual presidente estadounidense.
Las imágenes son dramáticas y suelen reflejar historias de individuos y familias que ya conocen el desarraigo y el esfuerzo que implica ser (cierto tipo de) migrante. Algunos de ellos cuentan con el respaldo de un proceso administrativo en curso, otros, en condición de irregularidad. Pero, en general, migran para mejorar sus condiciones de vida. Sin embargo, como era de esperarse, el tema migratorio se ubicó en el centro de la acción y el discurso del gobierno de Donald Trump. Y, en consecuencia, ya hace parte de la aguda confrontación política entre la administración actual y sus opositores.
Por el dramatismo de las historias sobre detenidos y deportados, es difícil proponer algunos elementos de análisis desde la historia y la política. Los llamados a la acción para denunciar y detener las acciones oficiales frente a los migrantes suelen derivar en una sensación de estar viviendo una situación única en la historia.
Sin embargo, no es la primera vez que Estados Unidos endurece sus posiciones frente a la inmigración. Por ejemplo, hace un siglo, la imposición de cuotas de entrada y de controles sanitarios para el ingreso a ese país, provocó un drástico descenso en la admisión de migrantes, en especial, de italianos, judíos, eslavos y otros. Unas décadas antes, ya se había prohibido la entrada de trabajadores chinos a ese país, culpándolos del deterioro de las condiciones laborales y la explotación de los recursos nacionales. Con un argumento similar, miles de mexicanos fueron deportados en la década de los treinta durante la Gran Depresión.
No busca esto restarle importancia a la situación actual, pero sí inscribirla en una tradición más amplia de políticas migratorias estadounidenses. Discursos nacionalistas con ciertas bases raciales (o étnicas, como se llaman en ese país), y de seguridad, han guiado históricamente el desarrollo de las posiciones frente a los migrantes. Y, al igual que en Estados Unidos, se aplica en muchos otros países. No es algo nuevo, llevan décadas implementándose cíclicamente.
Lamentablemente, en medio de las batallas políticas, miles de individuos y de familias viven la incertidumbre. La naturaleza de nuestro sistema internacional no nos hace pensar que esta situación vaya a cambiar pronto. La defensa de la soberanía estatal y de identidades nacionales basadas en valores distintivos sigue vigentes a pesar de los desarrollos globales más contemporáneos. En ese contexto, la migración seguirá siendo gestionada desde las visiones y disputas políticas sobre la identidad y la soberanía.

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