Luis Miguel Cárdenas Villada
Es menester iniciar con una disculpa sincera: los cuentos territoriales que los lectores esperan con fiel recurrencia se han interrumpido, no por desidia, sino porque en la Editorial del Diario del Otún alguien ha encontrado resquemor en estas narraciones coloquiales, quizás por percibirlas sesgadas, cuando lo único que procuro es llamar a las cosas por su nombre en una sociedad conturbada por el fanatismo religioso, el arribismo partidista y el profundo desconocimiento de esta saga hilvanada por décadas.
El Director, doctor Luis Carlos Ramírez M., a quien me une una larga amistad forjada desde las aulas salesianas, merece mi lealtad editorial, por eso dejo en libertad a quien decide la edición para censurar, corregir o retirar si así satisface veleidades académicas. Solo ruego se me advierta con antelación ese sentir adverso para no perjudicar a estos lectores que me honran con sus visitas y a quienes agradezco, pues unos me motivan a ejercitar mis privilegios retóricos, mientras otros encuentran en mi fracaso e indignidad su propio aliciente.
El propósito de esta columna es señalar, sin ambages, que se ha provocado entre todos una tormenta política, social y económica de proporciones colosales. Tormentas similares las hay en cualquier parte del mundo, cierto es, pero las ansias de poder, desmedidas e insaciables, hacen perder el sentido de la proporción. Se podría afirmar, sin temor al yerro, que en Colombia se ha edificado y sostenido un régimen electoral que no es sino una farsa, y que eso que llaman democracia resulta, en sus efectos, una utopía ilusoria.
Conexo a este despropósito está la manipulación del pobre. Se le hace sentir rico para callarlo y alienarlo; mientras el rico se disfraza de pobre para eludir tributos y engañar con mayor facilidad al mismo pobre que antes adormeció. He ahí la paradoja de nuestra democracia: el poder se concentra, pero ungido por un pueblo inducido, resignado, conforme, sumiso, incorrecto y profundamente alienado.
En esta tierra colombiana, los pobres de derecha acompañan y legitiman las pretensiones de un despiadado político. Su nombre es conocido por todos; no es necesario mencionarlo, porque hasta hacerlo resulta riesgoso. Votan por su verdugo y, con estulticia incomprensible, se mofan de hacerlo.
Los empresarios justos y sensatos, que los hay, acompañan a Petro en sus políticas económicas y, por simple descarte, otros muchos terminarán acompañando también a Cepeda. En este país abundan políticos que se parecen al futbolista Jhon Durán que se cree Pelé: talento tiene y puede llegar a serlo, pero con ese pésimo manejo de la frustración y problemas de actitud que no acierta a reconocer, no pasará de ser un jugador común. Exactamente eso ocurre con algunos políticos de pacotilla que confunden las ganas de orinar con las ganas de ser estadistas. Y así, entre la vejiga inflamada y la vocación nula, pretenden gobernar un pueblo sin mérito alguno.
Siendo el territorio único, con sus dimensiones y atributos propios, los humanos pretenden, con deliberado desconocimiento, acabar con el mundo a poquitos. No solo imponiendo guerras bélicas, sino también mediante ambiciones soberanas de expansión con fines comerciales estratégicos. El virus del poder, convertido en pandemia, azota la existencia.
La tormenta perfecta se siente ahora con rigor extremo. El pueblo mismo construye el tálamo de sacrificios; crean las desigualdades y las aceptan con desmedida deliberación. La institucionalidad se diluye con participación de todos: a los ricos, el vicio, el placer, el poder; a los pobres, cargar el fardo. Todo porque, sana y discrecionalmente, el mundo desigual es aceptado por la mayoría.
La naturaleza es violada con sevicia y premeditación. Los hijos ya no son los descendientes de privilegios; ahora las mascotas ocupan ese lugar. El hambre se ha consolidado como cultura; la pobreza es una trampa que los débiles aceptan y convierten, cínicamente, en una forma de vida. Los políticos ya no compran votos: los electores se los ofrecen. La mentira piadosa se vuelve provechosa. Algunos medios de comunicación seducen con mentiras y manipulaciones diseñadas por sus dueños, que son, a su vez, los principales interesados. Los editores leen a su criterio y acomodan la verdad a conveniencia. La conciencia social desaparece para dar paso a la virtualidad inducida de las redes sociales.
La tormenta perfecta no es premonición: se vive, y cada humano es testigo de excepción, así se haga el pendejo. Por codicia y humillación, los pobladores están empeñados en seguir siendo imperfectos e incorrectos.
lumica74@hotmail.com


Y así será y seguirá siendo, somos humanos unos con muy poco harán mucho , otros con mucho no harán nada , habrán ricos , pobres, blancos , negros, cuando se habla que necesitamos poner las cosas en orden que Colombia necesita que se hagan cumplir las leyes y entonces aparece alguien ahí si salen los de corazón blando a proteger los delincuentes