En una carta sin precedentes en la historia política reciente de Colombia, el excanciller Álvaro Leyva Durán lanzó una serie de acusaciones demoledoras contra el presidente Gustavo Petro, a quien señala de tener “un problema de drogadicción”, de haberse “desaparecido” durante una visita oficial en París y de estar “secuestrado” por un círculo de funcionarios de su confianza.
La misiva, de cuatro páginas, con sello de radicación en la Casa de Nariño, representa una ruptura total entre uno de los primeros defensores del proyecto político del mandatario y el propio jefe de Estado. La denuncia ha escalado hasta los titulares de medios internacionales como el Financial Times, y abre un nuevo capítulo en el desgaste de las relaciones dentro del propio equipo de gobierno.
La carta que lo cambia todo
Leyva, quien fue nombrado como canciller por Petro apenas asumió el poder en junio de 2022, mantuvo durante más de un año una imagen de leal escudero del presidente. Sin embargo, el quiebre se dio tras su salida del cargo en mayo de 2024, en medio del escándalo por la licitación de los pasaportes con la firma Thomas Greg & Sons. Desde entonces, el exministro había enviado señales críticas, pero sin llegar al nivel explosivo de esta carta.
En ella, acusa a Petro de haberse “desaparecido” durante dos días en París en junio de 2023, mientras cumplía una agenda oficial. Según Leyva, la justificación entregada a los medios sobre una supuesta reunión con la empresa de defensa Dassault no fue más que una cortina de humo. “Fue en París donde pude confirmar que usted tenía el problema de la drogadicción”, escribió, sin detallar pruebas.
El silencio de París y el ruido en Bogotá
El episodio descrito coincide con testimonios de periodistas que cubrieron el viaje y que, ante el cambio de agenda presidencial, tuvieron que improvisar alojamiento mientras buscaban explicaciones sobre el paradero del mandatario. En su defensa, Petro aseguró que pasó tiempo en familia y criticó la insinuación de Leyva: “¿Es que acaso no tengo hijas y nietas en París, muchísimo más interesantes que el escritor?”
Su hija, Andrea Petro, también salió al paso de los señalamientos, describiendo esos días como un “raro momento de paz y privacidad” para su padre. No obstante, la controversia revivió viejos rumores sobre el supuesto consumo de sustancias psicoactivas por parte del presidente, una acusación que ha circulado en columnas y pasillos del poder, pero que nunca había sido sostenida por una figura tan cercana ni con tanta contundencia.
De leal escudero a crítico feroz
La carta también deja entrever la desilusión de Leyva con el estilo de liderazgo de Petro. “Me sorprendió desde un comienzo que no nos pudiéramos sentar en ningún momento para trazar la política exterior del Estado”, confesó. Lo paradójico es que el mismo Leyva, durante su tiempo en Cancillería, defendió férreamente al presidente, incluso enfrentando un proceso disciplinario por seguir sus órdenes en el pleito de los pasaportes.
Detrás del viraje hay señales de fracturas personales, disputas internas y diferencias políticas. También hay sombras sobre la gestión de Leyva, como las supuestas influencias de su hijo en decisiones de la Cancillería y viejos cuestionamientos por vínculos con casas de cambio ligadas al cartel de Cali.
¿El principio del fin?
Más allá de las acusaciones, la carta refleja una tendencia preocupante para la gobernabilidad: los ataques más demoledores contra Petro no vienen de la oposición, sino de sus antiguos aliados. La narrativa del presidente como víctima de persecuciones internas cobra fuerza, pero también evidencia un círculo cercano cada vez más reducido.
A 15 meses del fin de su mandato, Gustavo Petro enfrenta un desgaste político atizado desde adentro. La carta de Leyva no solo desata una tormenta política y mediática, sino que marca un antes y un después en la relación del mandatario con su entorno. En una Presidencia que prometía ser la de la “paz total”, los enemigos parecen estar más cerca de lo esperado.
El silencio, en política, también es un mensaje. Y esta carta de Álvaro Leyva grita lo que muchos ya sospechaban: que el poder, cuando se quiebra, no solo se desvanece, también se venga.


