Óscar Osorio Ospina
Una carátula de la revista Semana publicada en la pasada campaña presidencial y en donde confrontaban los candidatos Gustavo Petro y Rodolfo Hernández y Gustavo Petro bajo el título: “¿Exguerrillero o ingeniero? Colombia elige a su nuevo presidente entre Gustavo Petro y Rodolfo Hernández, ¿quién es quién?” dio lugar a un ejercicio académico enfocado a analizar el discurso verbal de los colombianos que raya en la violencia y en la agresividad.
En esa tarea se enfrascó Luisa Fernanda Jaramillo Aguirre, licenciada en Comunicación en Informática Educativa y magister en Lingüística de la Universidad Tecnológica de Pereira, lo cual le permitió revelar las estrategias discursivas utilizadas para descalificar, invisibilizar y deshumanizar al otro, evidenciando cómo la confrontación política se traduce en agresiones verbales que afectan la convivencia democrática. Fruto de esa novedosa labor investigativa se acaba de entregar el libro: “El violecto: una nueva categoría conceptual al servicio de la comprensión de los fenómenos discursivos en escenarios de confrontación y disputa”.
En prólogo de la obra, Cecilia Luca Escobar señala que la obra “se sitúa en un contexto histórico y social complejo, marcado por la violencia y la polarización en Colombia. A lo largo de su historia reciente, la violencia ha sido un proceso estructurar y decisivo en la historia colombiana, dejando una huella profunda en la configuración social y política del país”. Y añade que ésta “es un llamado a la conciencia sobre los efectos nocivos de la normalización de la violencia verbal y una herramienta valiosa para aquellos que buscan entender y transformar su entorno social”.
Para adentrarnos en este fascinante tema, que hoy más que nunca está en el plano de la actualidad, hablamos con su autora Luisa Fernanda Jaramillo Aguirre.
Diario del Otún: ¿De dónde vino la idea se realizar este trabajo investigativo?
“La idea surgió en ver en los titulares de prensa y las noticias, incluso en el lenguaje cotidiano y en las redes sociales, el lenguaje tan agresivo y descalificador de los otros, especialmente en las conversaciones políticas. Aquí hay algo más que un simple lenguaje agresivo, es algo que está latente en diferentes dimensiones y aspectos, se produce también en situaciones sociales, de poder y factuales”.
D.O. ¿Es un reflejo de la actual polarización política en que está enfrascado el país?
“Es algo que tiene que ver con eso, pero es más cultural, estructural, de educación y social de nuestro país, en torno a esa polarización política que hemos tenido desde hace más de 50 años y que dio pie al gran conflicto armado que hemos tenido. Tenemos muy poca educación en la comunidad y poco respeto por la opinión del otro”.
D.O. ¿Esta violencia verbal está también presente en el lenguaje cotidiano?
¡Sí, claro que sí! Es importante decir que, si bien es proponer la noción del Violecto para analizar discurso verbal de los colombianos, ese dialecto se evidencia en la gente, no es un asunto solamente de las élites, sino que se desplaza a la comunidad y no es solamente algo lingüístico que se refleja en el discurso del otro, sino que lleva a hechos factuales. Todo lo que una palabra dice y su intención, tienen repercusiones y efectos en la vida cotidiana, por eso es muy importante revisar cómo hablamos, qué decimos, a quien se lo decimos y con qué intención”.
D.O. ¿Qué tanto han contribuido a agravar esta situación las redes sociales y las “bodegas” que utilizan los partidos políticos para demeritar a sus oponentes?
“Por supuesto, incluso el análisis de caso de la investigación está sustentado en los comentarios de las redes sociales con respecto de esos titulares de noticias que incitan al lenguaje a ser agresivo, porque las redes sociales, al posibilitar que tú no estés en frente del otro, hace que te puedas soltar más en lo que dices, porque el otro no está presente y no tendrá consecuencias inmediatas. Por eso el lenguaje agresivo es mucho más latente”.
D.O. ¿Pero eso se da también en los medios tradicionales?
“Además, allí se notan las ideologías políticas detrás de ciertos titulares donde no se equiparan justamente las características de uno y otro, sino que a uno se le valora positivamente y al otro negativamente. Eso tienen detrás una intención que es suscitar un debate, que ni siquiera se puede llamar debate, sino que es un detrimento de la figura pública del otro. Eso, en últimas, termina polarizando más porque divide a la gente en dos bandos opuestos en pro de la difamación y la descalificación de esos actores”.
D.O. ¿Cómo evitar esta violencia verbal en la campaña electoral?
“Mientras el sector educativo y socio-cultural no eduque a la gente para pensar críticamente respecto a situaciones como éstas, vamos a seguir igual. Insisto en que es una cuestión de poder, primero: estar informado para ser crítico frente a lo que nos dicen los medios y las redes y no caer en los juegos de polarización a la que nos incitan esos medios y las redes sociales. Segundo, es una posición de pensamiento crítico, que tiene todo que ver con la educación. Por eso El Violecto sirve no solo para identificar cómo agredimos verbalmente y como eso se desplaza a la vía de los hechos, sino que es una herramienta pedagógica que sirve para pensar críticamente frente a esos sucesos y revisar qué es lo que decimos y cómo lo decimos”.
D.O. Una vez editado el libro ¿qué sigue ahora?
“Lo que plantea el libro es la existencia del Violecto, lo explica metodológicamente, lo valida teóricamente y hace un análisis del caso puntual a partir de la portada de la revista Semana. Lo que viene ahora es ampliar esa noción del Violecto y ver no solo como se evidencia en las redes sociales, sino -por ejemplo- en discursos cotidianos, en la vida de los hechos o en las campañas presidencial. Lo que viene después es mostrar como ese Violecto sí existe realmente, no solo en redes sociales sino en casi todas las dimensiones de la vida, porque también es un asunto cotidiano”.
RECUADRO
Acerca del Violecto
La autora del prólogo, Cecilia Luca Escobar, señala en su escrito:
El impacto de la violencia en la sociedad colombiana es innegable, llevando a una reflexión profunda sobre la condición social del país. En Colombia, la violencia ha tocado todos los sectores y formas de comunicación de alguna manera, convirtiendo a sus ciudadanos en víctimas, victimarios o testigos en distintos momentos de sus vidas (Cremades, 2021). Esta interconexión de experiencias violentas subraya su incidencia y expresiones que varían considerablemente dependiendo del contexto, lo que refleja la diversidad y complejidad social del país.
La violencia, donde la resolución de conflictos mediante el uso de la fuerza se ha normalizado y las luchas sociales, lejos de ser vistas como demandas legítimas, suelen ser percibidas como subversivas, lo que ha llevado a respuestas represivas por parte del Estado y otros actores. Esta dinámica ha reforzado la violencia como un mecanismo aceptado para dirimir disputas y ha perpetuado un ciclo de conflictividad en el país (Cremades, 2021). En este entorno, la violencia discursiva se ha convertido en una manifestación significativa de las tensiones existentes.



