Kevin Castillo, “El Cafeterito de Marsella” que desvela al Movistar Team

Por: Duberney Galvis

El ciclista risaraldense Kevin Castillo es reconocido por ganar el campeonato nacional Sub23, el tour de Guadalupe en territorios de ultramar en Francia, el clásico RCN 2024 y el campeonato nacional de pista del mismo año, escalones que lo llevaron a realizar el training camp con el Movistar Team el pasado mes de diciembre.

Pero los orígenes del muchacho vitoreado como futuro integrante del equipo español, inician a la edad de nueve años cuando Kevin Castillo manifestó a sus padres el interés de montar bicicleta como proyecto de vida. Cuenta Juan, su papá, que por un instante pensó que la idea tal vez era una ventolera de niños, pero rápido supo que iba en serio.

A Juan pude ubicarlo en Marsella Risaralda, a través del líder cafetero Ramón Álvarez, quien conoce bien a las familias trabajadoras del pueblo. Y este no es un detalle menor porque la historia de Kevin, como la de su familia, están ligadas a las labores propias del paisaje cultural cafetero. Además Marsella, en cuyas veredas y calles creció Kevin, es reconocido por su arquitectura, con distinguidos aportes patrimoniales a la nación, escenario de producciones televisivas como “Café con aroma de mujer”, entre otras.

Luego de conocer a Juan, es difícil imaginar la carrera del joven ciclista sin él. Conversamos en una banca del parque, a la sombra de un árbol de acacia. Era el mediodía del sábado, y como ahora él trabaja conduciendo un motocarro “tuk-tuk” en el que lleva impresa la foto de Kevin, no dispone de mucho tiempo y menos durante el día de mercado cuando llegan los campesinos al pueblo. Aquel fin de semana, más que escucharlo, nos trasladamos por una parte de la vida de Kevin a través de sus historias.

Entre tantos vivos recuerdos, cuenta que el niño se afianzó desde temprana carrera en una especie de escuela de ciclismo municipal. Después, de la mano de Julio − entrenador descrito como parte clave en el proceso − incluso en el paso de Kevin por la liga de Risaralda, fue sobresaliendo. Del pedaleo de su hijo por Risaralda, Juan resalta la clásica de la Guadua y la Rubén Darío Gómez. También comenzó a hacer pista, y le va bien, tanto así que el año pasado tras ganar el clásico RCN fue a Medellín al campeonato nacional de esa categoría y la ganó.

Kevin empezó a correr con una bicicletica todoterreno “que se le pudo dar en ese tiempo”, relata Juan. “Para esa época valía como 180.000 mil pesos, una bicicleta pesada e inadecuada”. Pero un día llegó a la casa y les dijo, “con esa cicla no soy capaz”. Vendría entonces el esfuerzo de los papás por comprarle la cicla de dos millones de pesos, con la que empezó a ganar chequeos y a escalar en la vuelta a la juventud.

El día a día de Kevin eran las jornadas escolares en el colegio instituto Agrícola, la cogida de café y los entrenamientos. “Uno como campesino de toda la vida, sabe sino coger café, y uno enseña a los hijos lo que sabe hacer de manera honrada. Habíamos enseñado a nuestros hijos a coger café y Kevin hacía ese oficio”, “hasta se cogía sus buenos kilos”, añade entre risas. Y pues un día me explicó “papá, así me queda muy duro”; desde entonces, dejaría de trabajar para dedicar más tiempo a entrenar.

Pero cierto es que los triunfos al son de la cómoda exigencia de los aficionados, a menudo no dan cuenta de los esfuerzos y sacrificios de los corredores y sus familias. Kevin por ejemplo llegó a tener un momento de frustración cuando no veía llegar un contrato de un equipo. Aunque nunca dejó de correr, bajo aguaceros de los que todo el mundo busca refugio, con granizada incluida, salía a rodar.

En esa línea Juan refiere chequeos no solo en la altura, como a los que tantas veces lo acompañó por la vía al Páramo de Letras, sino otros de recorridos largos por tierras calientes como Irra, corregimiento minero de Quinchía, y de ahí hacia abajo por toda la margen izquierda del río Cauca.

Desde luego, como tantas glorias del ciclismo en Colombia, debido al desbarajuste económico nacional, el camino de la vida de Kevin y la familia incluye varias cuestas. Tuvo caídas propias del deporte bajando la serpenteante carretera de la Celia, Risaralda, un pueblo entre montañas lleno de pequeños cafetales. Se fracturó de clavícula. Padecerían un viacrucis social porque en una clínica de Pinares en Pereira, esperaron más de cuatro horas sin recibir atención. Decidido, Juan lo sacó de allí para llevarlo hasta una clínica especializada en fracturas en la que fue intervenido con prontitud.

Por eso su mamá prefiere no hacer los recorridos con ellos, ve la aguja del velocímetro de las motos rebasando los límites y no quiere ni imaginar la velocidad a la que corre el hijo. “Prefiero verlo desde la casa”, aunque no pocas uñas dejan de materializar los nervios. Llegados a este punto, no escapa la pregunta sobre la personalidad del corredor, los padres coinciden en que es un joven tranquilo, callado y sereno. “De pronto a veces alguien lo ve y puede decir que tan ‘salamero’, pero no, él es así, mantiene concentrado en su mentalidad ganadora”.

Tras vericuetos y cúmulos de buenos registros, un día, cayendo la tarde, desde el equipo Sistecrédito le hicieron saber si quería correr con ellos… la serenidad voló al zarzo, Kevin salió del cuarto diciendo: “apá, apá, mire que me resulta un contrato con Sistecrédito…” fue enorme la felicidad de la familia Castillo. A la postre, el ciclista respondió quedando campeón nacional Sub23 y en el Top 10 del clásico RCN y la vuelta a Colombia.

Aunque sumar trofeos lejos de casa implica que en múltiples ocasiones la familia debe ver las carreras por internet. Pero “ahí van quedando” y el papá puede repasarlas mientras recuerda que siempre le dijo: “Kevin, usted tiene con qué, usted va a hacer un grande”. “Como campesino, yo también voleaba guadaña, a veces no podía ver las carreras. Pero una de las que vi, ¡ay! cuando ganó la vuelta a la juventud y los narradores lo anunciaban, me puse a llorar ahí mismo en el corte, fue una emoción muy tremenda. Y el año pasado cuando ganó el clásico, en la casa no nos la creíamos”.

Así que Kevin ya había conquistado etapas en el clásico RCN del año pasado en la que no era el favorito, pero vendría la etapa reina con cierre en “La Perla del Ruiz”, Manizales. El trasado incluía paso por Santa Rosa de Cabal, tierras de Álvaro Mejía, “El Cometa”, otro grande del ciclismo colombiano. Ese día es probable que el chico tuviera planeado disputar la etapa, pero desconocía que la familia asistiría a verlo, llegaron de sorpresa. El papá se ubicó más abajo, unos tres kilómetros antes de la meta, y entonces sucedió: Kevin en persona, subiendo en cabeza de carrera. Asomado entre la gente, vio venir al joven ciclista y ahí se le arrugó el alma, brotaron las lágrimas.

“Ver el sacrificio que él tuvo, una cosa es contarla y otra vivirla. Cuando usted tiene dos mil pesos en el bolsillo, y decirle, ‘tenga papi’, no tengo más, para que compre el agua. Cuando yo iba a las carreras y veía muchachos en muchas bicicletas profesionales, costosas, y él corriendo con esa sencilla que pudimos darle, pero dando la talla. Otras veces cuando lo veía llorando, porque ni el cuerpo, ni la bicicleta le daban más. Yo tenía que llorar con el casco puesto para que no se diera cuenta, fueron momentos de impotencia”.

La historia naciente de Kevin como la de tantos deportistas nuestros, describen la vida del pueblo, de quienes deben luchar más de lo necesario para triunfar. Esas piernas que hoy pedalean por Colombia y Europa, un día, en un chequeo entre Anserma Nuevo y Armenia, exhibían un aspecto más blanco de lo normal, ‘como el de una rana platanera’ suele decirse en los cafetales, venía esforzándose para seguir la rueda de otro ciclista. Alma y garra le alcanzaban, pero no el cuerpo. Al final de la ruta, el papá pasó la mano por las piernas de Kevin y supo que corrió deshidratado.

De ñapa, había que almorzar, un único almuerzo, por el que Juan con anterioridad debió preguntar ¿cuánto valía? en vista que solo llevaba veinte mil pesos por si llegaba a pinchar la moto. “Tan de buenas que me cobraron 16 mil pesos por el almuerzo completico”. Luego como los pueblos cafeteros suelen ser de gente solidaria, personas de Marsella empezaron a ayudarlo mucho, “gente muy sencilla de tratar” como los consideran ellos. Hoy, tras los éxitos del ciclista, sus paisanos están contentos y suelen preguntar por él.

Hasta aquí una parte de la vida del “Cafeterito de Marsella” a través de los ojos de su padre. En los días de enero, el ciclista que varios quieren ver hace rato en el World Tour, continuaba forjándose en la altura de La Unión Antioquia, con miras al campeonato de ruta. Sumando kilómetros mientras resta días a la fecha en que el Movistar Team planea agregarlo a sus filas también integradas por Einer Rubio, Diego Pescador, Fernando Gaviria y el histórico Nairo Quintana. En la vida, Kevin sigue mostrando que a todas no hay que llegar primero, sino saber llegar.

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