De Colombia se dice que es el país más feliz del mundo, el más biodiverso, el hogar de un premio Nobel de literatura. Sin embargo, también se ha ganado el título del mayor productor de cocaína y el más violento. Trágicamente, en territorio colombiano nació y actuó el peor y más grande violador y asesino de niños en la historia universal.
El jueves 12 de octubre, murió a los 66 años Luis Alfredo Garavito Cubillos, quien pasó los últimos 24 años de su vida encerrado en una celda, en total soledad, alejado de cualquier persona a quien pudiera causar daño. Pero también estuvo refugiado de la sociedad que lo odió desde el momento en que se revelaron las atrocidades que cometió hasta el año 1999, cuando fue capturado y terminó confesando más de 200 asesinatos en todo el territorio nacional.
A Garavito Cubillos, conocido como ‘la Bestia’, se le han dedicado libros, crónicas, reportajes y documentales, e incluso dio entrevistas exclusivas en las que justificó su proceder. Pero aún nadie ha sido lo suficientemente justo con los héroes de esta historia. Ahora que la Bestia ha muerto, es hora de que todas estas producciones editoriales y televisivas se vuelquen hacia aquellos que, con su astucia, inteligencia y dedicación, encerraron a este despreciable ser.

Carlos Hernán Herrera Jaramillo, quien se desempeñaba como morfólogo del Cuerpo Técnico de Investigación (CTI) en Buga, Valle del Cauca, estuvo presente en la investigación desde el primer día. Él, más que nadie, conoce cómo inició, se desarrolló y culminó. Aunque descubrir a Garavito fue crucial, Herrera resalta que este proceso le permitió diseñar un modelo que revolucionó la investigación criminal en el país, convirtiéndose en un ejemplo para el mundo. Este modelo fue la base del sistema penal acusatorio y se enseña en todos los organismos que tienen policía judicial en la actualidad.
Consultado por este medio tras el fallecimiento de Garavito, Herrera habla con pasión de la investigación y reconoce a todas las personas que participaron, entregando su vida a este caso. También señala a aquellos que no contribuyeron y quisieron atribuirse el mérito de lo que nunca hicieron, como la Fiscalía y el CTI de Pereira.
Nace la investigación
El caso Garavito se originó en Buga, en 1996 con el fiscal José Herlein Escobar Cabrera, quien investigaba el hallazgo de tres niños muertos en el cañaduzal San Juanito en 1995. Estos niños no tenían identidad ni siquiera denuncia por desaparición. Durante la investigación, se descubrió que en Tuluá, a 27 kilómetros de distancia, había denuncias por desaparición de niños en los años 94 y 95. En 1997, en el mismo cañaduzal donde dos años antes aparecieron tres cuerpos, encontraron dos más. El fiscal Escobar determinó que había una conexión entre los hechos de Buga y Tuluá.
En ese momento, ningún otro municipio del país estaba al tanto de niños desaparecidos o hallados muertos, a pesar de que los hechos estaban ocurriendo “ninguna otra ciudad del país se había dado cuenta”, afirmó Carlos Hernán.
El 17 de febrero de 1998, el director nacional del CTI, Pablo Elías González Monguí, visitó Buga y se enteró del problema de los niños muertos en los cañaduzales del Valle. Carlos Hernán le reveló que ya sumaban 14 entre Buga y Tuluá. Quince días después, Carlos Hernán redactó una propuesta metodológica junto con el investigador Richard Córdoba, que fue enviada a Bogotá. Richard se dedicó durante los siguientes cinco meses a revisar libros y registros en municipios y fiscalías para encontrar denuncias por desaparición de niños y hallazgo de niños muertos en los últimos 10 años. Todo se hacía de forma manual en ese entonces, ya que no existían sistemas de información.
Mientras tanto, Carlos Hernán creaba una base de datos con la información recopilada por el investigador. Descubrieron que el fenómeno se extendía a más municipios y que todos los niños tenían el mismo tipo de evidencias: eran amarrados, desnudados y torturados con un cuchillo. Era un patrón.
Richar invitó a Óscar Armando Díaz, psiquiatra de Medicina Legal, y tras analizar la base de datos, concluyó que estaban enfrentando una situación gravísima. Díaz identificó que estaban tratando con un sicópata y pudo incluso leer la historia del criminal a través de su comportamiento. Este diagnóstico fue sorprendente; proporcionó una radiografía de la mente del asesino y explicó por qué usaba cuchillos. “Quedamos atónitos”, dijo Carlos Hernán.
Los hallazgos diarios llevaron a Herrera Jaramillo por la ruta de la vía Panamericana, llegando a otras seccionales como Cali y Armenia. En Armenia, el director del CTI, Álvaro Vivas Botero, confirmó que habían aparecido 3 niños detrás del museo Quimbaya. Para ese entonces, ya habían registrado 26 casos en el Valle.
Carlos Hernán indicó que la visita a la capital del Quindío fue crucial para la investigación. Vivas nacionalizó el modelo creado por él y nombró a un grupo de investigadores, incluyendo a Harold Mauricio Sánchez y Aldemar Durán. Con recursos de sus propios bolsillos, comenzó la búsqueda de las víctimas de Garavito en todo el país. Igual que en el Valle, recorrieron el país buscando casos de “homicidio, edad presuntamente niño identificado o no identificado” de despacho en despacho.
¿Y en Pereira?
Herrera agregó que durante la búsqueda de casos, tanto de desaparición de niños como de hallazgo de cuerpos, llegaron a la seccional de Pereira y se encontraron con una directora que respondió con indiferencia y evasivas.

“Revisaremos en tama”, les dijo, a pesar de que sabía que tenían un caso de 11 niños muertos de tres años atrás, algunos encontrados en el sector de Gamma. Para empeorar las cosas, en noviembre de 1998, se enteraron de que en Pereira, en la vía al Marsella (Parque de la Vida), encontraron los restos de 12 niños. Descubrieron que en la Perla del Otún habían llegado denuncias por desaparición y no habían hecho nada al respecto.
Quince días después, encontraron 12 restos más y solo en ese momento pidieron la intervención del grupo interdisciplinario que tenía la investigación adelantada. “Nosotros en Buga iniciamos la investigación más grande de homicidio del mundo, diseñamos un modelo propio de investigación. Armenia tomó el modelo que nosotros le entregamos y lo nacionalizó. Si Pereira no hubiera participado, no habría pasado nada, porque no aportó absolutamente nada a la investigación. Por el contrario, intentaron apropiarse de la titularidad de la investigación, por eso, el primer documental de Discovery en el año 2003 mostró a Pereira como si fueran los héroes”.
Si la historia del caso Garavito hubiera sido escrita por un guionista de cine, no habría sido tan perfecta; como se suele decir, “la realidad superó la ficción”. Los investigadores fueron desenterrando pistas y armar el rompecabezas no fue fácil. A 282 kilómetros de distancia, una pieza determinante esperaba al personal enviado desde Armenia.
En Tunja encontraron el caso del niño Ronald Quintero Delgado del año 1996. La narración de ese entonces indicaba que la última vez que lo vieron caminaba con un hombre vestido de sotana. Con la alerta de su desaparición, la familia y la comunidad comenzaron la búsqueda que concluyó con el hallazgo del cadáver a 500 metros de la carretera, en una zona boscosa. En el rastreo de la policía en un hotel, encontraron al sospechoso de la sotana, aunque ya no llevaba esa vestimenta. Aun así, lo capturaron. Este individuo se identificó como Bonifacio Morera Lizcano y lo dejaron en libertad porque no había evidencia que lo incriminara.
Sin embargo, este sujeto regresó a la fiscalía para denunciar a los policías que, según él, lo habían golpeado. Se identificó con su nombre verdadero: Luis Alfredo Garavito Cubillos, natural de Génova, Quindío, residente en Pereira y también en Trujillo.
Con estos apellidos particulares, los investigadores se desplazaron hasta Génova para buscar a posibles familiares de Garavito. Encontraron a una familia en la vereda Río Rojo. Estas personas, ajenas a los crímenes, revelaron detalles de Luis Alfredo que proporcionaron elementos a los agentes para enriquecer el caso. Uno de ellos fue la corroboración de su presencia en el mismo pueblo en junio de 1998, fecha en la que desaparecieron tres niños y fueron encontrados muertos tres días después. Así, el sospechoso de Tunja se convirtió en el principal sospechoso del caso de Génova.

Los cuerpos de estos tres niños presentaban las mismas lesiones y encontraron una botella del mismo licor en la escena, el mismo sistema de amarre y la forma de quitarles la ropa que los niños del Valle ya habían sufrido. La familia en Génova proporcionó más detalles, como que Garavito usaba gafas y tenía una pierna fracturada. Carlos Hernán ya había determinado que cojeaba por el desgaste en uno de sus zapatos. Además, una amiga residente en Trujillo les mostró una caja con recortes de prensa, medias de niño y una agenda, entre otros artículos particulares, incluyendo tiquetes de bus que demostraban que había estado en varios municipios en la fecha de la desaparición de algunos niños.
A pesar de estos elementos, aún no tenían la confirmación de los homicidios para inculparlo, a menos que Garavito confesara.
El desenlace
El director del CTI de Armenia, Álvaro Vivas, lideró reuniones en Pereira los días 14, 15 y 16 de julio de 1999 con personal de 9 departamentos donde encontraron víctimas. En ese momento, ya había 146 niños muertos. Fue la oportunidad para que Carlos Hernán explicara el modelo puesto en práctica en la investigación y presentara las evidencias de un caso ocurrido en Palmira el 6 de enero de 1999, donde Garavito se quemó y dejó valiosos elementos, como sus gafas para una persona con presbicia, es decir, para alguien de entre 40 y 45 años. También presentó el zapato que permitió determinar que medía entre 1.63 y 1.67 metros de estatura y cojeaba.
En esta reunión, un funcionario de Villavicencio intervino para decir que desde el 23 de abril tenían preso a un sujeto que intentó abusar de un niño, identificado como Bonifacio Morera Lizcano, pero estaba a punto de quedar en libertad. El morfólogo Herrera Jaramillo comparó la fotografía de Bonifacio con la imagen del proceso de envejecimiento que habían hecho de Garavito y encontraron coincidencias en los ojos, la frente y la nariz. Además, Morera tenía cicatrices de quemaduras. En ese momento, descubrieron que tenían al asesino y estaba bajo custodia.



