Por: Wilmar Ospina Mondragón
A nivel mundial se ha establecido una economía sólida en las grandes urbes que atrae a los seres humanos endémicos y foráneos, ya sea la ruta de las especias y el camino de la seda entre Asia y Europa, la industria en Londres, el amor y el café en París, las construcciones a gran escala de emporios económicos en Nueva York, el oro negro de Medio Oriente o la mayor concentración de basura tecnológica en Lagos, han propiciado que el ser humano desee habitar en alguno de aquellos lugares con un único fin: progresar o morir.
Pereira, nuestra ciudad, el corazón del Eje Cafetero, no ha sido ajena a este proceso embrionario que, como en una película de ciencia ficción, muta de piel y se transforma cada vez que así lo requieren tanto ella y sus habitantes. Sin embargo, no hablaré de los nichos lujuriosos y prostibularios de antaño que, por ser un poblado de paso en los rumbos comerciales de la época, y por necesidades de la vida en sus terruños, mujeres de afuera venían a ejercer la profesión los fines de semana y fueron las nuestras quienes se ganaron, sin desearlo ni hacerlo, ese epíteto de prostitutas que las otras dejaron en el ambiente machista y enrarecido del colombiano en general.
Tampoco me centraré en la revolución del café de principios del siglo XX, cuando una oleada de extranjeros aterrizó en esta urbe y se enriquecieron con la explotación del grano que produce la mejor bebida del planeta; menos aún centraré mis palabras en la migración oriental y en el comercio fenicio de telas en almacenes que árabes abrieron en el centro de esta capital querendona, trasnochadora y morena; no discurriré en la transformación del camino arriero por vías de piedra para que transitaran los primeros vehículos o los vagones del tranvía que bordeaban la carrera séptima y octava, calles neurálgicas de nuestra metrópoli.
Ni siquiera mencionaré a profundidad la vida académica en torno a cafetines y parques afrancesados que dieron un aire cosmopolita a Pereira. Mucho menos expondré que en algún momento se comercializó en la ciudad con libras esterlinas o que tuvimos una de las primeras empresas de telefonía que cambiaría el destino de las comunicaciones en el país; es más, no discutiré con nadie que la riqueza del rebusque perpetuada por el fogón de arepas en el andén, la olla de papas guisadas y empanadas en la vitrina predestinó lo que hoy es la zona de comidas típicas más emblemáticas de Pereira, ubicada en el sector que va de la rotonda de Corocito al parque La Rebeca.
En fin, todo aquello que nos ha hecho una polis sería inconsecuente si en estas palabras no presento lo que verdaderamente nos ha forjado como pereiranos: la gesta cívica de construir lo nuestro para cuidarlo, para preservarlo y compartirlo con los demás; sin contar con el don de gente y la amabilidad, esas características querendonas que tiene todo aquel que nace aquí, en la ciudad más, y lo diré a mi manera, chimbita de esta Nación en la que hemos crecido.
Este fenómeno citadino en relación con el civismo fue posible porque, en un principio, las arrierías del antioqueño, mezcladas con las andanzas jocosas del hombre del Valle del Cauca, permitieron que naciera un ser mucho más humano y ambicioso que sus antecesores. Así, la verraquera del montañero con la sangre candente del valluno, incubaron en el pereirano ese recio empuje que tanto nos caracteriza como sociedad y como personas.
El resultado no se dejó esperar y hoy, con apenas 161 años de vida, la pereiranidad resuena a lo largo y ancho del Estado colombiano. De hecho, nuestros ancestros (paisas y vallunos) saben que el hijo engendrado en lugar de llevar el ceño fruncido y los dientes apretados prefiere, a diferencia de sus padres, hablar con una sonrisa y un abrazo de confraternidad.
Imposible dudar que, en esta urbe, de gente feliz y amable, nadie es forastero porque todos somos pereiranos. Esto es lo que atesoramos en Pereira y ha hecho de nuestra ciudad un lugar más que deseado: por encima de los bienes materiales, antes que nada, nos importa la humanidad, la fama y el buen nombre que salva el esfuerzo de los héroes y que, con la libertad como estandarte, nos llenamos de honor bajo este sol que surge del bosque, del hacha al son.
Fueron, entonces, el civismo, la pujanza y la amabilidad del pereirano los valores agregados e intangibles, que casi nadie poseía, la riqueza que llamó la atención para que otros ojos fijaran su mirada en la ciudad sin puertas con el ánimo no solo de invertir y progresar aquí, sino que, además, otra intención sobrepasó las expectativas netamente comerciales de dichos inversionistas: también descubrieron que hospedarse para siempre en La Perla del Otún era, más que una obligación, la oportunidad que necesitaban para echar raíces en un buen vividero, en estas tierras llanas regadas por el influjo de su amorosa solicitud.
Pereira es una urbe indescriptible que pone a vivir a sus gentes y a experimentar a los que llegan de afuera. Y, es justo en ese momento, cuando aquel que nos visita ya no desea regresar jamás a su lugar de origen por una razón irrefutable: comprende, con sus vivencias en esta Perla, que sus pobladores sí son cívicos, querendones, trasnochadores y morenos. Cada vez que alguien viene a nuestra ciudad la gente lo acoge, lo hace sentir en casa, le ayuda, le explica, lo guía; le dice que su hogar también es suyo, que donde caben dos pueden dormir y comer hasta tres o cuatro. Pereira es una ciudad hospitalaria que le demuestra a los demás que acá son bienvenidos, que sí puede vivirse una vida con responsabilidad antes de que la muerte nos acaricie la nuca con su fría y herrumbrosa hoz.
Hoy, 30 de agosto de 2024, quiero decir, a través de estas sencillas palabras, que me siento orgulloso de ser pereirano porque, así como está plasmado en nuestro himno, lo poco que hemos forjado en esta capital y lo mucho que ella nos ha legado fue, es y será, lo suficientemente necesario para ser felices en un mundo lleno de intranquilidad y desesperanza. A diferencia de las demás urbes del país y del planeta, a Pereira la han construido con amor sus hijos, sujetos a quienes se les ha maltratado el lomo y las manos durante cada gesta cívica o convite llevado a cabo para que esta, nuestra ciudad, no sea un Frankenstein desalmado, sino una madre que ha dado a luz la belleza de la pereiranidad.
En sí, la Capital del Eje ha sido tallada a nuestra imagen y semejanza y, por tanto, no es un lugar frío e indomable, hostil; es, aunque parezca contradictorio, una urbe como cualquier otra, pero, en relación con aquellas, sí tiene una marcada diferencia que considero insuperable: Pereira, esa metrópoli hecha de piedra, acero y cemento posee alma, un alma humana que palpita en nuestros corazones y resuena en cada rincón de la misma ciudad.
Esta es la razón por cual argumento que Pereira es emblemática a nivel mundial: quien viene aquí nuca se va, porque esta metrópoli es nuestra y de todos, de los pereiranos y del mundo entero. Al final de cuentas, nada de lo que tenemos y hemos vivido hubiese sido posible si nosotros (los pereiranos) no tuviésemos esa templanza, esa enjundia, esa fuerza de voluntad y ese civismo que nos ha hecho CRE-SER, al recio empuje de los titanes, por las calles y plazas de nuestra querida ciudad. Somos, en definitiva, todo lo que Pereira es.
¡Felices fiestas, Pereira!



