A cuarenta años de la tragedia que borró del mapa a una ciudad entera, Colombia aprendió a escuchar la voz de los volcanes. La ciencia, la memoria y la educación son hoy las herramientas para que el dolor de 1985 no se repita jamás.
Cuarenta años después, la montaña sigue activa y vigilada. Pero lo que cambió fue la forma en que Colombia se prepara para escucharla. “Armero no solo fue una tragedia natural, sino una tragedia de la desatención y la falta de prevención”, afirma Gloria Patricia Cortés Jiménez, coordinadora del Observatorio Vulcanológico y Sismológico de Manizales, del Servicio Geológico Colombiano (SGC). “Hoy el país ha aprendido a interpretar las señales del volcán y a actuar antes de que sea demasiado tarde.”
Del silencio al monitoreo constante
En 1985, las alertas del Ruiz habían sido claras. Durante meses, el volcán mostró señales de actividad: sismos, emisiones de gases, ceniza. Sin embargo, la respuesta institucional fue lenta y la información no llegó a las comunidades con la urgencia necesaria. “Había conocimiento científico, pero no comunicación efectiva. Los estudios se quedaron en los escritorios y no en la gente que debía evacuar, explica Cortés Jiménez. “Hoy el escenario es distinto: el monitoreo es continuo, se usa tecnología satelital y hay una coordinación directa con los comités de gestión del riesgo.”
El Servicio Geológico Colombiano cuenta ahora con nueve observatorios que vigilan los principales volcanes del país, incluidos el Ruiz, Galeras y Puracé. Cada movimiento mínimo es analizado en tiempo real. “Si algo nos enseñó Armero es que la ciencia debe hablar con claridad y la comunidad debe escuchar con confianza, agrega la funcionaria.
La tragedia cambió la forma en que Colombia entiende el riesgo. En 1985 no existía una política nacional de desastres; hoy, el país tiene un Sistema Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres (SNGRD), con planes municipales y regionales, simulacros y redes de comunicación. “Pasamos de reaccionar a anticiparnos. Ya no esperamos que ocurra algo para actuar, asegura Cortés. “Hay educación comunitaria, planes de evacuación y monitoreo permanente. Eso es un cambio cultural.”
En los municipios cercanos al Nevado del Ruiz como Murillo, Villamaría, los habitantes participan en talleres, simulacros y capacitaciones. Las emisoras locales transmiten boletines del SGC y la Unidad de Gestión del Riesgo. “La gente sabe qué hacer si suena una alarma. Eso antes no existía. Ahora la ciencia y la comunidad trabajan juntas.”

La memoria como deber
Pero la prevención no se limita a la ciencia. En Armero Viejo, entre los vestigios cubiertos de maleza y los restos de calles que ya no conducen a ninguna parte, la memoria sigue viva. “Recordar no es vivir en el pasado, es mantener la conciencia despierta, dice la periodista Ángela María Villegas, quien cubrió los días posteriores a la tragedia. “Mientras Armero siga en la memoria, el país sabrá que la prevención es la única forma de honrar a las víctimas.”
El volcán que sigue vivo
El Nevado del Ruiz sigue activo. En abril de 2023, las autoridades elevaron su nivel de alerta a naranja debido al incremento en la actividad sísmica. “La montaña no ha vuelto a dormir. Nos habla todo el tiempo, y debemos escucharla con respeto.” enfatizó Cortés. Además asegura que la preparación actual permitiría evacuar a miles de personas en pocas horas si fuera necesario. “Hoy el conocimiento y la organización nos dan tiempo, y el tiempo es vida.”
Un país que aprendió
Cuarenta años después, Colombia es un país distinto. No inmune a los desastres, pero sí más consciente. Los niños en las escuelas aprenden sobre la tragedia de Armero como parte de su educación ciudadana. Los medios la recuerdan cada noviembre, y los sobrevivientes se han convertido en portavoces de la prevención. “Armero fue una lección dolorosa, pero también un punto de partida. Nos enseñó que la memoria salva vidas y que el olvido mata dos veces” concluye Villegas.




