Periodistas que cubrieron la tragedia de Armero rememoran el miedo, la confusión y el impacto emocional de informar sobre la desaparición de una ciudad bajo el lodo. La tragedia cambió para siempre el periodismo en Colombia.
Colombia apenas comenzaba a recuperarse del horror de la toma y retoma del Palacio de Justicia cuando una nueva tragedia llegó sobre el país. A las 9:08 de la noche del 13 de noviembre de 1985, el Nevado del Ruiz entró en erupción. En menos de una hora, la avalancha de lodo y piedras sepultó al municipio de Armero, en el Tolima.
La noticia empezó a circular de manera confusa. Pocos creyeron en su magnitud. “Como a las 9:45 de la noche me llamaron y me dijeron que había una avalancha. Nadie tenía idea de la dimensión del problema”, recuerda Herney Ocampo, periodista. “Me contaron que Armero había desaparecido, pero sonaba imposible. Pensé que era una confusión.”
Las primeras horas de incertidumbre
En 1985 no existía la comunicación instantánea. Las noticias viajaban por radio o teléfono, y las confirmaciones tardaban horas. “No había internet ni redes sociales. Todo era por voz, por contactos. Los periodistas dependíamos de las llamadas de los corresponsales o de los pilotos”, relata Ocampo.
Hacia la medianoche comenzaron a llegar las primeras confirmaciones. Los helicópteros del Ejército informaban sobre una inmensa extensión de lodo que cubría todo el valle. Las radios locales empezaron a transmitir los mensajes desesperados de sobrevivientes: “Pedían ayuda, lloraban, gritaban los nombres de sus familiares. Era desgarrador.”

El amanecer del horror
El país despertó el 14 de noviembre con la noticia del desastre. Las imágenes eran difíciles de narrar: miles de cuerpos atrapados entre el lodo, casas arrasadas, árboles convertidos en escombros. La prensa nacional se desplazó de inmediato a la zona, donde el caos era absoluto.
Ángela María Villegas, periodista que cubría para Caracol, recuerda el impacto de su llegada: “Era una tragedia que estaba anunciada. Yo llegué al lugar y vi la devastación total. No había un solo punto de referencia. Todo era barro.”
El calor era sofocante y el dolor, impresionante. “El río creció unos 50 metros y se llevó todo: café, viviendas, vidas”, recuerda Ocampo. “Aproximadamente quince mil muertos solo en esa zona.” Villegas añade: “Transmitir una tragedia no es fácil. Fue tanta la desesperanza, tantos muertos, tanta tragedia… a mí eso me marcó.”
Un país de luto
La tragedia paralizó a Colombia. Ocho días antes había ocurrido la toma del Palacio de Justicia, y el país seguía conmocionado. “Todavía estábamos anonadados con esa noticia tan impresionante. Entonces esta quedó relegada, aunque estaba anunciada”, dice Ocampo. Armero se convirtió, desde entonces, en símbolo del abandono y de la falta de previsión institucional.
El periodismo como memoria
Cuarenta años después, las voces de esos reporteros siguen siendo parte del archivo vivo de la memoria nacional. Sin sus testimonios, muchos detalles se habrían perdido en el olvido. “Nosotros fuimos los ojos y oídos del país en medio del caos. Lo hicimos con las herramientas que teníamos. Hoy el periodismo tiene más tecnología, pero la esencia sigue siendo la misma: contar la verdad con respeto”, afirma Ocampo.
Para Villegas, la lección fue profundamente humana: “El periodismo no puede olvidar a Armero. Cada cobertura de un desastre debe recordar que detrás de cada cifra hay una historia. No se trata solo de informar, sino de honrar la vida.”




