Benignísimo Dios

Diego Augusto Arcila Vélez

Así comienza la Novena de Aguinaldos que rezaremos durante estos días. La novena se remonta a finales del siglo XVIII (1784), siglo en el cual el sacerdote franciscano Fernando de Jesús Larrea, de Quito-Ecuador, la escribe. Fiel a San Francisco de Asís, quien en el siglo XII había inventado el pesebre, este misionero nos deja un texto que, aunque ha sido modificado, hoy muchos conocemos de memoria. Varias partes conservan la herencia barroca de la cultura religiosa de la época, siguiendo la idea de que el contacto con Dios se alcanza por la experiencia sensible y corporal, como en frases: “las tiernas lágrimas que derramo en el pesebre” o “bese ya tus plantas, bese ya tus manos”.

El sacerdote Larrea se inspiró también en dos textos más antiguos: el de la monja concepcionista española María de Jesús de Ágreda (1602), en su obra Mística Ciudad de Dios; y en la santa francesa Margarita del Santísimo Sacramento (1609), a quien se atribuye la célebre frase: “Todo lo que quieras pedir, pídelo por los méritos de mi infancia, y nada se te será negado”. La Novena llega a Colombia hacia 1800, y son las escritoras bogotanas egresadas del Colegio La Enseñanza, Ignacia Samper Acosta y su hermana Soledad, junto a la monja clarisa Clemencia Caicedo (1896), quienes dejan el texto que hasta hoy rezamos. Es una novena singular, con versos influenciados por los “ísimos” (benignísimo, sapientísimo, etc.), superlativos gramaticales que, aunque a veces difíciles de leer, nos encantan.

En ella se prepara la venida del Hijo de Dios “en nuestra carne”, un Dios humanado, Niño Santo y Redentor. El anuncio del Arcángel, la huida a Egipto, las posadas, la estrella de Belén, los Reyes Magos y, por supuesto, Jesús, José y María en la pesebrera, recrean espiritualmente el gran acontecimiento. Llaman la atención palabras muy propias de las Sagradas Escrituras, aunque hoy poco comprendidas: “Sapiencia Soberana”, “Adonay Potente”, “Raíz de Jesé”, “Emmanuel preclaro”, expresiones que hacen de este rezo algo apasionante. La Novena al Niño Dios está arraigada en el ADN de los colombianos y de muchos países de América Latina; tanto, que cuando han querido cambiar su contenido original, respondemos: “A mí no me cambien: Rey de las Naciones, Emmanuel Preclaro, consuelo del triste, luz del desterrado. Vida de mi vida, mi sueño adorado, mi constante amigo, mi Divino hermano”.

En este tiempo también son propios los villancicos, que constituyen todo un género musical. “Antón tiruriruriru”, “Tutaina”, “El burrito sabanero”, “Los peces en el río”, “El tamborilero” y “Salve, reina y madre” figuran entre los más conocidos, junto a “Vicentico” y “Mamá, ¿dónde están los juguetes?”, que al cantarlos nos hacen soñar, suspirar y sonreír. Los ritmos y letras de los villancicos son melodías alegres, cantadas a veces como arrullo y otras con la candidez de las rondas infantiles, que despiertan alegría y esperanza en el Mesías, el Dios-con-nosotros.

Otras opiniones

- Advertisement -
- Advertisement -

Te puede interesar

- Advertisement -