Blasfemia

(Pbro. Diego Augusto Arcila Vélez) 

Es función de la Iglesia Católica defender la integridad del “Depósito de la Fe”, ella debe  estar atenta a cualquier modificación, declaración o rechazo que se haga de la doctrina. Las  verdades de la Iglesia se proponen, no se imponen, o como dice el Concilio Vaticano II, “la  verdad no se impone de otra manera, sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra  suave y fuertemente en las almas”. Forma parte de la doctrina de la Iglesia el derecho a la  inmunidad de coacción en esta materia “de tal manera que en materia religiosa, ni se obligue  a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe a ella en público o en privado”.  Igualmente, la Iglesia tiene el derecho a indicar cuál es su cuerpo doctrinal y defenderlo. 

El Código de Derecho Canónico -máxima instancia jurídica de la Iglesia – define tres figuras  que nos separan de esa fe. La herejía, que es la negación pertinaz de una verdad que ha de  creerse con fe divina y católica. El cisma, que es el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice  o de la comunión con los miembros de la Iglesia. Y la apostasía, que es el rechazo total de la  fe cristiana o contra la santa sede. Las tres anteriores están tipificadas como delitos  canónicamente castigados con excomunión “latae sententiae” -sin apelación-, y que son  reservadas a la Santa Sede; quienes las cometen quedan excluidos de la institución  eclesiástica y sus prerrogativas divinas y espirituales.  

Otro concepto es la blasfemia que connota la palabra injuriosa contra alguien o algo.  Blasfemar es ultrajar, renegar, es juramentar con sevicia, es vituperar palabrotas sin son ni  ton. Quien dice palabras blasfemas, muchas veces se mete en temas que no corresponden, y  las manifiesta a través de términos que resultan altamente ofensivos, en este caso, a la  persona divina del Hijo de Dios, Jesucristo. A la blasfemia se une la ira, manifestación  voluntaria o involuntaria frente al rechazo de algo o de alguien. Blasfemar es tomar partido  frente a una necesidad imperiosa que tengo de que se me escuche, y en el peor de los casos,  de dominar o subyugar a mi interlocutor, sin dejarle muchas veces espacio para su defensa.  La blasfemia en un mundo como hoy, puede ser virtual o simplemente natural, sin medir las  consecuencias a las que las palabras puede llevar, un debacle que puede ser peor que una  guerra mundial, para quienes defienden la verdad. Decir que Jesús, el Hijo de Dios, “tuvo  relaciones amorosas con María Magdalena”, puede considerarse más que blasfemia, pues se  cae en el error y se induce al error, y puede tipificarse perfectamente como herejía, y lo que  sigue de ahí, es excomunión.

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