Cansancio y verg?enza

Juan Manuel Buitrago
Columnista

El espect?culo de ignorancia e histeria colectiva armado con la falsa muerte del r?o Cauca porque vio su caudal disminuido casi a cero durante una semana aguas abajo de Hidroituango como consecuencia de un error (costoso pero reparable) cometido hace meses por unos constructores que han estado pendientes de la comunidad afectada, no merece comentario distinto a decir como dec?a una amiga m?a: qu? pena. Qu? verg?enza compartir el oficio de columnista con esos ambientalistas fan?ticos. Yo vi las fotos del lecho seco de las cataratas en Iguaz?. El agua fluy? despu?s de una sequ?a temporal y a ning?n procurador hablantinoso se le ocurri? decir que ese evento fuera el culpable de la pobreza ancestral de los vecinos.

 

El fastidio de leer opiniones oportunistas no termina ah?. Son peores los comentarios de los lectores. Ernesto Samper public? en El Tiempo un resumen de la crisis venezolana a partir del 2016 cuando se iniciaron los intentos para buscarle una salida a la ruina del modelo socialista y al funesto error de las reformas constitucionales que concentraron el poder en la rama ejecutiva. No es complaciente con Maduro ni responsabiliza del fracaso de esos intentos solamente a los radicales de la oposici?n. Los insultos a Samper en los comentarios al art?culo que ignoran su contenido (en donde presenta la necesidad de una transici?n pactada descartando los triunfalismos ciegos de ambas partes) ponen en evidencia la espantosa degradaci?n de las redes sociales.

 

Pregonar en los medios diariamente que con unos pocos camiones de ayuda humanitaria se resuelve el desabastecimiento de 32 millones de personas hambrientas seráa apenas una candidez si no fuera obvia la intenci?n de generar con esa propaganda un incidente fronterizo para iniciar guerra fratricida en donde tenemos mucho que perder. Confiemos en nuestro firme pero no irresponsable canciller Carlos H. Trujillo. ?l sabr? advertirles a tiempo los daños a pa?ses aliados que suelen ignorar en sus aventuras políticas los tiernos homo sapiens norteamericanos.

 

La suerte de la ciudad no tiene nada que ver con la simpat?a o antipat?a personal que uno sienta por el gobernante sino con la conveniencia o inconveniencia objetivas de su permanencia en el cargo. Los jueces no pueden razonar con ese criterio pragm?tico al aplicar la ley porque, si lo hacen, prevarican. Sin embargo, si encontraran una interpretaci?n de la normatividad que permitiera eludir el daño que se le hace a la ciudad interrumpiendo una administraci?n en marcha para caer en la par?lisis de un mandato por encargo, evitar?an el absurdo de que las leyes creadas te?ricamente para defendernos de la corrupci?n desacrediten al poder judicial por el solo hecho de aplicarlas.

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