Gonzalo H. Vallejo A.
Columnista
Todo comenzó en 2015 con una operación del FBI contra la FIFA que llevó a la cárcel a más de una veintena de ejecutivos. Estos decidieron llevar la Copa del Mundo a Rusia en 2018 y después a Catar en 2022, en una insólita doble votación que fue precedida por la repartición de un sugestivo botín de 150 millones de dólares. Fue en la década de los setenta cuando Joao Havelange convirtió los mundiales de fútbol en un gran negocio. 12 años después, en el mundial de España, logra consolidarse cuando los ejecutivos de la FIFA, influenciados por Horst Dassler (hijo del dueño de Adidas), amplían la participación de 16 a 24 equipos. El evento deportivo que dura 28 días deja dividendos por valor de US$ 9.000 millones, suma sólo comparable con las ganancias que produce el narcotráfico o el comercio de armas. “Catar 2022: el mundial de la corrupción, la ignominia y la infamia”.
Esta afirmación del insurgente y controvertido escritor andaluz Fonsi Loaiza, rotula esta lectura de la realidad que emprendemos. Catar es una pequeña cresta del tamaño del departamento de Sucre que brota de la península arábiga y se asoma al Golfo Pérsico. Sus líderes beduinos, conocedores desde 1940 de su riqueza petrolífera y gasífera, nunca abandonaron los lujos seductores del colonialismo británico que convirtió a Catar en un protectorado después de la Primera Guerra Mundial. Este país, “independiente” desde 1971, con uno de los mayores ingresos per cápita del planeta, irónicamente es un aliado de EE. UU. y la OTAN y, a su vez, de los ayatollah iraníes que “valoran” su ubicación geopolítica, su oro negro y su gas. En 100 años, pasó de 28 mil habitantes a tener, hoy día, una población flotante de tres millones de personas (250 mil son ciudadanos cataríes).
Se concluye así, que la población inmigrante ha sido la clave para entender el desarrollo infraestructural de sus centros urbanos (Doha, Dukhan, Lusail, Al Wakrah, Mesaieed, Al Wukair, Al Zubarah, Rayán. Fuwayrit y Al Ruwais). Estas ciudades están bajo la égida de la dinastía Al Thani y las leyes del emirato condensadas en la Sharía. A temperaturas cercanas a los 50 grados centígrados y sobre la espalda lacerada de miles de trabajadores africanos, hindúes, del sudeste asiático (vietnamitas, indonesios, filipinos, tailandeses, entre otros) y hasta latinos, se ha descargado el fatuo esplendor de dichas urbes. La mayoría de ellos están sometidos a condiciones de semi–esclavitud a través de un sistema infrahumano llamado Kafala que no reconoce derecho humano alguno y menos laborales. Más de 6.500 obreros han muerto en la construcción de los estadios del Mundial de fútbol.
Esta denuncia al igual que las protestas de las organizaciones feministas y de las comunidades LGTBI+Q, ha sido elevada ante los organismos internacionales de la OIT y la ONU. No se entiende cómo los turistas occidentales conocidos por sus avatares desenfrenados van a acatar el manual de urbanidad catarí: no comer carne de cerdo; no tomar alcohol (una cerveza cuesta 17 euros y se consume en determinadas horas); evitar los abrazos; no mirar a un catarí a los ojos; recomendar el uso del velo; no andar con el pecho desnudo, no usar camisetas de cuello en V, ni chanclas, etc. Las quejas y reclamos han sido acallados por la fanfarria ensordecedora y deslumbrante de los petrodólares y de los fanáticos del balompié envueltos en sus banderas y en los gritos estentóreos que entonan cual goliardos, sumidos todos en el aquelarre consumista, chovinista y neoliberal.
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