Rubén Dario Franco Narváez
Hoy, viernes 20 febrero 2026, el mundo se detiene un instante para celebrar el Día Internacional del Camarógrafo y Fotógrafo. Es una fecha para homenajear a quienes tienen la misión -casi mística- de capturar la esencia de la realidad, permitiéndonos ver el entorno a través de sus ojos. Ellos son los guardianes de la memoria; detrás de cada noticia o recuerdo que atesoramos, hay un profesional que decidió encuadrar la vida.
Una fotografía o una toma de video no es solo luz grabada; es un testimonio de verdad. Quien sostiene la cámara carga con la responsabilidad ética de mostrar el mundo tal como es, sin traicionar la confianza del espectador. En una era saturada de filtros y manipulaciones digitales, el papel del reportero gráfico cobra una relevancia superior: el buen profesional no solo opera una máquina, usa su corazón para decidir qué historias merecen ser contadas, respetando siempre la dignidad de lo retratado.
A menudo, el trabajo de estos artistas ocurre en las sombras. Vemos la imagen, pero olvidamos al autor. Validar su talento y su valentía para estar en el lugar de los hechos es la mejor forma de agradecerles por ser los historiadores visuales de nuestra época.
En esta efeméride, evoco con gratitud a compañeros de lides periodísticas. Recuerdo a quienes ya partieron: Manuel García, Eduardo Mendieta y el inolvidable Fernando Dejanón Gómez, fundador de ACIFOGRAR, aquel “gordo simpático” que hacía posar a eminentes personalidades, disparando flashes incluso sin rollo.
La lista de guerreros del lente es extensa: Jorge Arango, arriesgado y frentero; Víctor Emilio Pulido, un caballero honesto; José Leudo; y Silvio Álvarez Giraldo, a quien saludo solidariamente en su recuperación. No olvido a: “Los Mellizos” en el deporte, Aníbal López, Ángel Taba, Luis Enrique Álvarez, Orlando Cardona, Gildardo Henao. Mención especial para Ubaldo Galeano, quien cambió las cámaras por la suerte de la lotería.
Destaco el profesionalismo de Nidia Paola Monsalve y Rochy López Vélez, damas del fotoperiodismo; y el legado de Álvaro Camacho y Mario Montoya, cuyas obras reposan en libros. Finalmente, un abrazo a Roberto Betancourt; y felicitaciones a Jairo, quien con su caballito -en la Plaza de Bolívar de Pereira-sigue capturando la inocencia de nuestra ciudad.
A todos ellos: gracias por no dejar que el tiempo se nos escape entre los dedos.

