CIUDADES VIVAS

La Cenicienta de esta y las anteriores administraciones municipales ha sido el Instituto de Movilidad; ha pasado toda cantidad de directores y ninguno le ha pegado a nada. Llegan al puesto y no saben qué camino coger, fuera de devengar. Las motos sin silenciador siguen campeándose por la ciudad sin control alguno. De la semaforización, ni hablar. En la vía a Altagracia -fuera de su pésimo estado- los reductores de velocidad nos los tragamos enteros porque no tienen pintura. Mejor dicho, muchas cosas por hacer y nada de nada. Y otra cosa, por ejemplo: si se había advertido con tiempo suficiente que las carreras séptima y octava se iban a peatonalizar después de las dos de la tarde en esta época de Navidad ¿Cómo así que las calles disponibles quedaron en manos de unos “Malparados” que dejan un solo carril para circular? Y ¿Dónde están los agentes de tránsito? Nada que ver. En alguna declaración a la prensa, uno de estos despistados dijo que el Cuerpo de Agentes no era suficiente, pero cuando me tocó ir al famoso curso -dizque por exceder el límite de velocidad entre Cartago y Zaragoza (en recta y doble calzada de 50 kilómetros)- los uniformes brillaban en todas las dependencias, sobre todo, en la cafetería. Hombre, no me crean tan corroncho. Lo cierto, lo de fondo, es que ese puesto es para pagar favores políticos sin importar la idoneidad del personaje y, además, no tener calzones para imponer orden. Claro, mi apreciado Ernesto, todo un trabajo en campo pendiente, pero la burocracia es cosa brava. Estoy de acuerdo contigo, una reestructuración vertebral es cambiarle el nombre: de ahora en adelante deberá llamarse “Instituto de la Inmovilidad” … y todos quedamos contentos.

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