Como un barco que ha partido de su puerto, que no tiene brújula y está en mar abierto, sin más que agua por doquier y gaviotas en el cielo, con un timón que vira cada vez que sopla el viento. Ya no lleva tripulación, sólo un capitán que no conduce y deja que su nave sea impulsada por la fuerza de las olas, el ímpetu del océano, confiando en la provisión que traerá el universo.
Como un barco a la deriva, que supo irse lejos, a navegar, a hacer aquello para lo que fue hecho, sin planear tanto su llegada, solo disfrutando ese hecho. Mientras unos barcos tienen rutas y no pueden disfrutar del viaje, los paisajes, las noches estrelladas y los témpanos de hielo, este barco soltó el ancla y se lanzó a la infinidad del mar y sus secretos, a pesar de las medusas, los tiburones y todos los males que llegan al acecho. El capitán va solo, disfrutando del viaje, del calor en su rostro y el fuerte latir de su corazón en el pecho, feliz y confundido por haber partido del lugar seguro que, en lugar de regalarle vida, le hizo sentir que estaba muriendo.

Como un barco a la deriva
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