Padre Pacho
El historiador judío Flavio Josefo, al referirse a Herodes el Grande, no lo hace con eufemismos: lo llama el Grande, no por su estatura moral, sino por la magnitud de su poder y de su violencia. Nacido en el año 73 a. C., hijo de padre idumeo y madre árabe, Herodes encarna una figura paradigmática del poder antiguo: un gobernante que comprendió temprano que, en la lógica política de su tiempo, la vía más corta hacia el trono era la eliminación del rival. Gobernó Galilea con una mezcla de astucia y crueldad que lo volvió temido; nada ocurría en Judea sin su consentimiento o su castigo.
Frente a un rey que domina por la espada, el relato cristiano presenta a un niño indefenso. Frente a la obsesión por el control del territorio, aparece un Dios que no se deja encerrar en fronteras ni jurisdicciones.
Aquí surge una tensión fecunda entre historia y teología. Los evangelios no persiguen ante todo la precisión cronológica o geográfica, sino la intención teológica: afirmar que en Jesús se cumplen las promesas proféticas. Por eso lo sitúan en Belén de Judá, la ciudad de David, aun cuando existan serios indicios históricos de que Jesús nació en Nazaret, en Galilea, región que en ese momento ya no estaba bajo el control directo de Herodes el Grande, sino de su hijo Herodes Antipas.
La pregunta no es menor: si Jesús nace en Nazaret, ¿qué papel juega Herodes en el relato? ¿Por qué los Magos reciben el encargo de buscar al niño en Belén y no en Galilea? La respuesta no se encuentra únicamente en la geografía, sino en la teología del poder. Herodes no es solo un personaje histórico; es un símbolo. Representa al poder que se siente amenazado por la verdad, al sistema que tiembla ante la fragilidad de un niño porque intuye que ahí comienza su derrota.
La historia de Herodes y los Magos no pertenece solo al pasado. Sigue siendo actual. Hoy también existen muchos Herodes: poderes que no respetan la vida, que niegan la dignidad humana, que temen a todo lo que no controlan.
Creer en el Niño de Belén, o de Nazaret, no es resolver un problema geográfico; es tomar partido. Es decidir si queremos vivir según la lógica del poder que mata para conservarse, o según la lógica del Dios que se hace pequeño para salvar.

