Oscar Alberto Díaz Garcia
Columnista
La primera de las grandes diferencias entre estas dos naciones es su forma de gobierno: nosotros con nuestro remedo de democracia, hemos sido gobernados por una clase corrupta durante doscientos años. Singapur, la ciudad estado logro sacudirse hace más de cincuenta años de su corrupción rampante y hoy tienen un estado parlamentario, unicameral, con juiciosos procesos de selección de sus integrantes, inspirado en el sistema Westminster de los ingleses. El Partido de Acción Popular ha ganado todas las elecciones desde que el país obtuvo la independencia del Reino Unido en mil novecientos sesenta y tres; sus críticos afirman que algunas libertades civiles y de expresión están restringidas y se dan censuras por parte del Gobierno, considerándolo autoritario. Lo cual probablemente no es cierto pues la acción del gobierno se limita a evitar que regresen las pésimas costumbres que los tuvieron hundidos durante muchos lustros.
Colombia entre tanto, mantiene un estado fraudulento dentro del cual hasta la misma subversión se contamino de corrupción, desdibujando sus propósitos. Si alguna vez movimientos guerrilleros subversivos tuvieron cierta ideología sana para buscar cambios, poco duraron sus intenciones. El M-19 se vendió a Pablo Escobar y su narcotráfico, las Farc y el ELN a Cuba con sus vicios que provienen del comunismo abyecto, incluyendo de hecho el narcotráfico como fuente de ingresos. En Singapur existe un férreo control estatal, que permite dar solución de continuidad a sus políticas de desarrollo desde la educación; si esa ciudad estado hubiese sido infiltrada por las políticas de Soros y su libertinaje, o por el comunismo estilo Cuba, tal cual nos ocurre a nosotros, no existirían. Hoy son una de las economías más fuertes del mundo y de hecho uno de los países más ricos en la medición del ingreso per cápita, superados tan solo por Qatar, Luxemburgo y Macao; hace medio siglo era una isla pobre, con muy pocos recursos naturales, que no prometía un gran futuro.
Colombia, a diferencia de Singapur siempre ha tenido extraordinarios recursos naturales, pero los dilapida gobierno tras gobierno. La segunda diferencia radica en la idiosincrasia de sus pueblos, como bien lo dijo hace años el presidente Darío Echandia: “somos un país de cafres”. Nos comparó con esa tribu africana de un alto índice de degradación moral, física y espiritual. Años más tarde al preguntársele sobre la frase manifestó: “no recuerdo haberla dicho pero si la dije les pido excusas a los cafres.”
Dura comparación que nos indica una verdad: los pueblos tienen los dirigentes que merecen. Gobernantes, congresistas, altos tribunales, oposición pervertida, medios vendidos, están llamados a desaparecer de la realidad y la memoria colectiva, si Colombia derecha no comulga más con Soros, Santos, Castro-Cuba y sucesores, ni con los otros de siempre y se propone emular naciones como Singapur, que después de dejar atrás el dominio británico y lograr la independencia de Malasia, se convirtió en un estado autónomo liderado por Lee Kuan Yew el hombre que ocupó el cargo de primer ministro por más de 30 años, artífice del llamado “milagro económico”. Lee diseñó un amplio programa de reformas para sacar a Singapur de lo que él describió como el “pozo negro de la miseria y la degradación” y convertirlo en un país educado, industrializado y moderno, bajo un modelo capitalista y mano recta del estado, aceptada como necesidad. Con la firme decisión de un parlamento sin corrupción y un poder judicial de jueces justos, porque los hay; los nombra el jefe del estado a su vez elegido por voto popular. Aquí estamos en mora de buscar hombres rectos y justos, que no están en ningún partido. Pero nos pueden llevar al “milagro integral”. Busquémoslos.

