Héctor Tabares Vásquez
Columnista
En esta etapa de la vida y el complemento o el otro factor determinante acompañándola, posee la virtud de empujar al hombre a realizar acciones capaces de poner a pensar al más inocente de los mortales. Hacemos alusión a la vejez y a la epidemia, desde luego, puntos de arranque de inquietudes a modo de distracción y de ocio, obligando a la mente a ocuparse de cualquier cosa a través de cuyos pequeños o desmedidos detalles, surja la necesidad de especular. Y en ese devaneo aparece la figura de la JEP, su modus operandi y todo lo relativo al proceso de paz bajo la presunción de confesar la verdad y restaurar o reparar a las víctimas. Y entonces es cuando asoma la obsesión y la ocurrencia de llevar a cabo el mismo itinerario y la similar ruta de desfogue, en cuanto tiene que ver con el perfil o la apariencia en el vivir y en el comportamiento, en sus actos y posiciones; del estilo en el obrar, de solucionar los conflictos, de resolver las situaciones de toda índole en medio de una trayectoria supuestamente tolerable, en el ambiente social donde se ha desenvuelto, en los oficios o trabajos elaborados, en la misión cumplida y en el rol desempeñado en la condición de simple componente o ciudadano, de parte de un entorno, de un vecindario.
Cuál el papel ejecutado en la calidad de hijo, hermano, padre y la incidencia o influencia de esa categoría en el complejo ideal de una meta o sueño por concluir. Y así estaríamos presenciando una enorme audiencia y un escenario de magnitudes y excelencias inigualables en lo correspondiente a la imagen de quien pudo ser y no fue, o de aquellos personajes pletóricos de historia y de títulos, abocados a expresarse lánguidamente, a la manera de extinguirse la existencia. Fabulosa la llegada del día señalado al efecto y ante la gran asamblea de los sabios, de los auténticos baluartes de la comunidad, acudamos a rendir cuentas y a tomar una postura de sinceramiento y de franqueza, de tal entidad y claridad, suficiente en el deseo de calmar los espíritus y de generar en la conciencia general, un estado de ánimo y una conducta magnificada, y en la profundidad del alma oigan las voces de la veracidad y el reconocimiento de los errores cometidos, de las fallas y a continuación, la voz estrepitosa del perdón , seguida de la grata y bienvenida disposición de enmendar la plana, completada a la vez en la posibilidad de una reivindicación material a los damnificados o a los sujetos pasivos de la intervención irregular. Difícil de todas formas lograr en nosotros y en las personas de variadas clases, alcanzar un grado de responsabilidad lo bastante bien estructurado hasta el extremo de afirmarse el individuo, tuvo la competente personalidad y nobleza para aceptar la culpa y la maniobra ominosa, obteniéndose, además de ello, el anhelo de revertirlo en frutos. Embelecos sacudiendo la sensibilidad y unos recuerdos, como dice la canción, atropellando y plantándonos contra la pared.
