Por: Jorge Emilio Sierra Montoya
Hace poco celebramos 163 años de Marsella, festejando así aquel ya lejano 18 de julio de 1860, cuando tuvo lugar su fundación. Un hecho histórico, sin duda. Que, además, precedió en un trienio a la fundación de Pereira, nacida -renacida,
más bien- en 1863, sobre las ruinas de la antigua Cartago (fundada, a su vez, en 1540, por el conquistador español Jorge Robledo). Marsella y Pereira, están, pues, unidas desde sus orígenes, en la gesta de la colonización antioqueña, cuando surgieron, entre la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del siglo pasado, las numerosas poblaciones que hoy integran el Eje Cafetero de Colombia, formado por los departamentos de Caldas,
Quindío y Risaralda. Son ciudades hermanas, valga decirlo. Por su fundación, claro, pero también por su cercanía geográfica, su tradición cafetera y, en general, su cultura, la misma que se extiende a lo largo y ancho del Paisaje Cultural Cafetero, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Y ahora están más unidas que nunca. Entre ellas, sí, tanto como al resto del país y del mundo, gracias al descubrimiento, allende las fronteras, de nuestra belleza natural, incluso de sus gentes, que atrae cada vez
más a los turistas nacionales y extranjeros, generando un desarrollo regional sin precedentes, reflejado en los propios centros urbanos y aún a nivel rural, según salta a la vista. Estamos, en fin, viviendo una época dorada que, con seguridad, se prolongará en el futuro, para gloria y loor de nuestros ancestros. Colofón: A propósito, yo nací en Pereira -“Por azar”, como dije en algún poema-, pero también soy oriundo de Marsella, donde pasé la infancia, trasladándome luego, por segunda vez, a mi ciudad natal. “De Marsella a Pereira”, según reza el título de esta columna.

