Julián Cárdenas Correa
Columnista
Karl Popper en su prefacio a La Sociedad Abierta y sus enemigos afirma que “…si nuestra civilización ha de subsistir, debemos romper con la deferencia hacia los grandes hombres creada por el hábito. Los grandes hombres pueden cometer grandes errores…” Esos grandes hombres a los que Popper en su obra trata con dureza (Según sus propias palabras), son nada más y nada menos que a Platón, Aristóteles, Hegel y Marx principalmente. De ahí que Popper haya poseído ciertamente una mente colosal.
Nada más difícil que criticar con argumentos a aquellos a quienes el resto de la humanidad venera. Y más difícil aún cobrarles a esos “venerados” por sus equivocaciones. Pero es aún más complejo, casi un imposible, cuestionar las opiniones y las creencias de quienes, según un “venerado” dicte tal o cual cosa, se casan con sus opiniones y esas pasan a ser dogmas.
La disonancia cognitiva hace que, quienes de verdad creían que había una conspiración Castro-Chavista en ciernes, asuman que esa conspiración pretendía llevarnos a donde estamos en materia de elecciones. Creo que ese discurso es ya ridículo. El error fue no ver sino esa parte del iceberg, parecía que esos eran todos los problemas que teníamos en el horizonte.
Algo tendremos que hacer con la juventud y algo tendremos que hacer con las desigualdades. Y eso no es discurso de ningún espectro político.
El New York Times, que será cualquier cosa, menos de izquierda y que es más liberal que el liberalismo, hace un par de semanas hablaba precisamente de las elecciones en Colombia y gran parte del hilo conductor del artículo giraba en torno a reconocer que es Colombia, uno de los países más desiguales del continente y, en reconocer que la juventud del país está muy cansada por la falta de oportunidades.
Al margen de mi posición respecto a que muchos jóvenes quieren “vivir sabroso” sin moler y sin sacrificarse como lo hemos hecho muchos, tenemos que reconocer que esos son problemas que tenemos que atacar.
Es ya agotador habla o escribir sobre el proceso político y electoral, pero al margen del desenlace del 19 de junio, necesitamos pensar muy bien qué rol permitiremos que jueguen los jóvenes. Los jóvenes no están sólo en un espectro, por definición y como es apenas obvio, son eje transversal a todos los ámbitos. Darles mayor protagonismo en las empresas, participarles ciertas decisiones, pagarles mejores salarios; son entre otros, temas que tendremos que abordar.
No se trata de “financiar vagos”. Se trata de dejar de tratarlos sólo como protagonistas revoltosos y darles respeto y altura, de nuevo, a quienes se lo merecen.
Seguir manejando las ciudades, el país, las empresas, las instituciones, sólo con gente mayor de 40 o 45 años, simplemente es llevar a la práctica el desprecio tácito por los aportes que miles de jóvenes pueden darnos.
Tendremos que desafiar lo que opinan muchos. Tendremos que desobedecer lo que dictan muchos convencionalismos e ideas. Pero tenemos que hacer algo más que ofrecer canchas de juego y trabajos mal remunerados.
Escuchar y asignar puestos de liderazgo a los jóvenes, los pondrá en un lugar visible y ayudará a desactivar esa bomba de tiempo de tanto inconformismo.
