Sebastián Arango Nader
Esta semana visitó Colombia Nadia Murad, víctima de genocidio, secuestro y violencia sexual por parte del Estado Islámico-ISIS en Iraq en 2014. Así mismo, hace unos días, se publicó el testimonio del israelí Guy Gilboa-Dalal sobre los abusos sexuales de los que fue víctima durante su secuestro en Gaza. Dos casos que nos deben hacer reflexionar sobre el alcance de los extremismos y sobre el uso de la violencia sexual en los conflictos armados.
En 2014, Nadia Murad tenía veintiún años, vivía junto a su familia de la etnia Yazidí en el norte de Iraq, y se dedicaba a la agricultura y al pastoreo. Su cultura ha estado presente en esa región, que se expande entre Iraq, Siria y Turquía, por miles de años. En agosto de ese año, según datos de la Iniciativa de Nadia (Nadia’s Iniatitive), militantes de ISIS masacraron a más de 5000 Yazidíes, desplazaron a 400 000 y tomaron como rehenes a cerca de 5000 mujeres y niños para venderlos como mercancías y convertirlos en esclavos sexuales y domésticos.
Víctima de repetidas violaciones por parte de miembros de ese grupo extremista, Nadia logró escapar y se convirtió en una reconocida activista a nivel global. Entre otros reconocimientos, recibió el Premio Nobel de Paz en 2018, “por sus esfuerzos por erradicar la violencia sexual como arma sexual como arma de guerras y conflictos armados”.
En 2023, Guy Gilboa-Dalal tenía 22 años y estaba junto a su hermano y otros amigos en el festival de música electrónica Nova que se realizaba en el sur de Israel. En la mañana del 7 de octubre, militantes de Hamás y otras milicias palestinas invadieron la zona, asesinaron a 378 asistentes a la fiesta, secuestraron a 44 y cometieron incontables agresiones sexuales. Guy estuvo más de dos años en los túneles de Gaza y fue liberado el pasado octubre. Hace unos días relató los episodios de abusos sexuales de los que fue víctima durante el secuestro. No es el primer testimonio de violencia sexual cometida por Hamás desde el 7 de octubre de 2023, siendo sus víctimas tanto hombres como mujeres.
Dos historias distantes en el tiempo y en la geografía, pero que coinciden en varios puntos. Uno de ellos es la naturaleza de los victimarios: grupos fundamentalistas guiados por objetivos genocidas. Su meta era -y sigue siendo- desaparecer a quienes consideran enemigos de sus dogmas. Y así justifican todo tipo de crímenes, entre esos, la violencia sexual. Los extremismos son los verdaderos enemigos de la libertad y la dignidad, a ellos es a quien debe combatirse, algo tan claro que parece haberse olvidado en las sociedades occidentales.
De igual manera, se debe reconocer el coraje de Nadia y Guy al publicar sus historias. Muchas otras víctimas no tienen la posibilidad de hacerlo. Y como sociedad civil tenemos la obligación de escuchar y aprender para intentar que no repita y que a los perpetradores se apliquen las medidas legales y de condena social que merecen.

