(Pbro. Diego Augusto Arcila Vélez)
Hay homilías buenas, regulares y malas, lo mismo que discursos políticos o “servicios de la palabra” en iglesias protestantes. La diferencia es que la homilía no es ni un discurso político ni un “servicio de la palabra”. La homilía pertenece a la raíz profunda de la tradición católica y romana. La homilía es la manera como el obispo, sacerdote o diácono ora, explica e ilustra a los fieles en las Eucaristías dominicales sobre el mensaje de Dios. Muchos fieles se quejan de que no entienden, otros se aburren, en el peor de los casos se duermen, o salen criticando que el “cura” dijo de todo, menos de la Palabra de Dios.
La homilía es una conversación casi de forma familiar en donde se escruta la Palabra de Dios, se da a entender lo que Él quiere y espera de nosotros, y porqué no, se aplica a la vida de la comunidad, evitando eso sí, injerencias políticas, señalamientos personales y lo más importante, no convertirla en un “show” mediático en donde aparezca más el sacerdote que Dios y su Palabra. Tener sacerdotes con vida profunda de fe, con una buena preparación intelectual, en contacto con la comunidad y con una gran sensibilidad espiritual, es la riqueza de la Iglesia, y lo que hoy nuestros fieles nos están exigiendo.
La homilía es una obra de arte, los sacerdotes debemos orar la Palabra para explicarla a nuestros fieles, debemos ser conscientes de que hay “sed de Dios”, y de que hoy aparecen muchos “charlatanes” no solamente en redes digitales, sino también en espacios y lugares, engañando a los fieles. Una buena homilía no se hace a “gritos” y proclamas, no debe ser acompañada por música de fondo y mucho menos por “milagros” y expulsiones de demonios. Todo en su sitio. La homilía es de lo más serio en el rito de la misa, así como lo son las otras partes. La homilía debe llegar a través de buenos canales de audición, un buen equipo amplificador, una buena pronunciación del sacerdote, y un decoro casi estricto en su presentación. En ella se debe evitar pasearse por el templo, no cantar en la mitad de está, no bailar, no decir palabras desentonadas, no hacer reír, no alarmar, no mostrar preferencias políticas e ideológicas, y un sinnúmero más.
Los sacerdotes somos conscientes de esto y debemos mejorar. En la homilía es el Espíritu de Dios quien habla por nosotros, debemos dejarlo actuar. No cambiaría una buena homilía ni por un discurso, ni por una motivación de fe de las muchas que hoy aparecen en redes. Finalmente, la homilía debe ser brevemente hecha, atendiendo a los principios que aprendimos en el seminario: bíblica, clara, consecuente y breve. Recuerdo aquí al filósofo jesuita Baltasar Gracián, del siglo XVII, en su obra “oráculo manual y arte de la prudencia”, quien decía “lo bueno si breve, dos veces bueno”.

