Fabio Castaño Molina
Columnista
?Bueno es culantro, pero no tanto?, dice nuestro refranero popular. Y lo anterior en alusi?n al desmadre en que han ca?do muchos de los usuarios de las redes sociales, que no miden las consecuencias o alcances de sus salidas de tono a trav?s de sus mensajes digitales que ofenden a diestra y siniestra acabando con la honra y el buen nombre de much?sima gente, pese a que estos son derechos fundamentales de los ciudadanos en general amparados por nuestra Constituci?n Pol?tica. La cosa ha llegado a tal extremo, que la Corte Constitucional ya anunci? la realizaci?n de una audiencia el 28 de febrero para debatir el límite de la libertad de expresi?n a trav?s de estos canales.
Ni la primera dama de la naci?n Juliana de Duque se ha salvado de la andanada de cr?ticas que se lanzan por la redes sociales, tal y como lo ocurri? por el traje que luci? en su visita a la Casa Blanca en los Estados Unidos. Muchos de esos comentarios tuvieron un tinte visceral y desconsiderado por una situaci?n que no ameritaba para tanto. Pero vamos a casos más delicados como el protagonizado por una mujer que en Facebook, calific? al administrador del edificio de su hijo como ?ladr?n?, y un caso más reciente y desafortunado, como el protagonizado por Ignacio Greiffenstein, que debi? renunciar a su cargo de la direcci?n de Televisi?n de la Presidencia al llamar ?putas? a las seguidoras de Gustavo Petro.
Muchos de estos casos por la propagaci?n de mentiras, noticias falsas e insultos, han sido demandados a trav?s de tutelas ante la Corte Constitucional, y reabren el debate sobre si en las redes sociales debe existir una regulaci?n para evitar este tipo se?alamientos de delitos sin pruebas. Estoy de acuerdo con Pedro Vaca, director de la Fundaci?n para la Libertad de Prensa (Flip), al recordar que a partir de la Constituci?n del 91, quienes definen los límites de la libertad de expresi?n son los jueces, pues a la final est? claro que la categor?a de insulto no la pone el afectado, sino el juez.
Es fundamental sensibilizar a los ciudadanos para que entiendan que todo lo que dicen en internet puede tener consecuencias reales. Y este proceso debe comenzar con una autorregulaci?n personal de nuestras emociones, e incluso en el mismo seno familiar, para no dejarnos llevar por ligerezas que despu?s tendremos que lamentar profundamente, en medio de esa cultura del chisme que lamentablemente caracteriza a los colombianos.
