Gonzalo Hugo Vallejo Arcila
La Asamblea General de la ONU determinó en 2018, que cada 24 de enero debe conmemorarse el Día Internacional de la Educación para refrendar el compromiso de todas las naciones con el Objetivo de Desarrollo Sostenible número 4: “Garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad, promoviendo oportunidades de aprendizaje durante toda la vida para todos”. El lema de este año: “Inteligencia artificial y educación: preservar la autonomía en un mundo automatizado”. La Unesco definió tres características que permitirán medir si en Colombia, al igual que en otros países, nuestra educación cumple o no con sus fines y tareas concretas: acceso, calidad y equidad. Los informes de los organismos de control tendrán la palabra después de una lánguida conmemoración por parte del Ministerio de Educación Nacional y la fanfarria electoral que hoy nos abruma.
¡Volvió a suceder! En el año 2023, ante el olvido de una fecha tan importante como ésta, la Unesco, indolente y contemplativa, se rasgó las vestiduras al denunciar el silencio cómplice de gobernantes y políticos frente a una aberrante y escandalosa cifra: En pleno siglo XXI y en tiempos de la inteligencia artificial, 250 millones de niños y jóvenes en el mundo no asisten a la escuela y 763 millones de ellos son analfabetas. La proclama lanzada por el educador argentino Sergio Siciliano en el marco de esta conmemoración, ha sido clara y contundente: necesitamos una escuela que vuelva a enseñar a pensar, a ser y estar en un mundo complejo, vertiginoso y profundamente cambiante… Sin personas formadas, críticas, responsables y comprometidas, no hay cuidad–región ni país posibles. Y sin capital humano, no hay progreso que se consolide, ni crecimiento que se sostenga…
Hoy se mide a los países no solo por su infraestructura y gestión biodiversa, sino por la calidad de su capital humano: hablamos de un ejercicio educativo donde se formen las nuevas generaciones en criticidad, innovación y creatividad. “Esa es la verdadera moneda del siglo XXI”, enfatiza Siciliano. Según él, la clave es simple y clara: si el sistema educativo no interpreta los desafíos actuales y no los traduce en propuestas pedagógicas concretas, queda por fuera del juego. La educación tiene que volver a “romperles la cabeza” a padres, docentes y estudiantes. La calidad de vida se mide no solo por lo que producimos, sino por la dignidad como vivimos. El acto educativo tiene que inquietar, emocionar, generar dudas y preguntas y éste surge de ese “momentum” cuando el dicente habla desde la profundidad de su ser: “esto me gusta, me interesa, me reta, me interpela”.
Al manifestarlo, hacerlo y gestionarlo, entorno y contexto cambian. Creatividad, talento, criticidad y compromiso, nada de esto se improvisa ni está sometido a las acrobacias administrativas y los lances caprichosos propios de gobernantes y burócratas, señores feudales que detentan falsos poderes fisiocráticos. La calidad del ser humano, el crecimiento personal y colectivo y la convivencia ciudadana, como búsquedas sociales, comienzan en el aula de clase y forman parte de las dinámicas interactivas propias de una institución educativa. El futuro se sueña, pero, sobre todo, se construye y la principal herramienta para hacerlo, sin darle muchas vueltas al asunto, se llama: Educación. Ya no es un simple derecho, una métrica de progreso y bienestar o una herramienta para lograr la paz local o global… La Unesco lo reafirmó: la Educación es, ante todo, un bien público.
Nuestra educación debe dejar de ser una queja por tener lo que hemos merecido.
Supervisor de educación
Gonzalohvallejo@gmail.com

