El discreto encanto de la simplicidad

A veces nuestra mente se convierte en un jardín abandonado donde proliferan zarzas y malas hierbas; pensamientos obsesivos y emociones perturbadoras. Emerge un estado mental y emocional confuso, agitado e insatisfecho. Experimentamos un raro malestar, al no saber que nos sucede (“Lo que pasa es que no sabemos lo que nos pasa… Por eso nos pasa lo que nos pasa”, argumentaba Ortega y Gasset). Si queremos saber realmente lo que nos ocurre, tenemos que mirar hacia dentro y agudizar nuestra mirada interior; comprendernos, reconocernos, aceptarnos y tolerarnos; desbrozar aspiraciones en medio de la agreste espesura; simplificar nuestros deseos y encontrarle propósito a nuestra existencia; recurrir a nuestros haikus mentales. “Haiku es simplemente lo que está sucediendo en este lugar, en este momento”, comentaba el poeta japonés Matsuo Basho.
Sus versos y esa prosa simple, tan propia del Budismo Zen como el refulgente florecer de los sakuras (cerezos) que anuncian la llegada de la primavera, llenaban de magia y esplendor el Japón sintoísta del siglo XVII. Su premisa básica: “evocando lo simple, se llega a ver lo universal”. El haiku revela el íntimo contacto con la naturaleza y el valor de las pequeñas cosas (“Hay que aprender del pino y el bambú. Aprender quiere decir unirse al mundo y sentir su íntima naturaleza”). De Basho, Julio Cortázar tomó prestado un haiku para intitular su libro: “Este camino/ ya nadie lo recorre/ salvo el crepúsculo”. un bello haiku de Jorge Luis Borges: “Hoy no me alegran/ los almendros del huerto./ Es tu recuerdo”. “Después de todo/ la muerte es sólo un síntoma/ de que hubo vida”, es un haiku de Mario Benedetti. En lugar de buenos propósitos, escribamos nuestros afanes más recónditos…
Dejemos a un lado aquello que vanamente hemos guardado en secreto y con tanto celo. Tal vez suene muy elemental, pero las cosas simples son las más difíciles de aceptar. En la vida actual, la simplicidad y la sencillez requieren de la mayor de las artes. La aceptación de esta premisa es la esencialidad resolutiva de muchos problemas que hoy nos aquejan. La sencillez y la simplicidad son más que perspectivas filosóficas y/o éticas y se convierten en estados concluyentes a los que llegamos después de pasar las ácidas pruebas que nos coloca la vida en su día a día. Iluminamos más con la evidencia fáctica y vivencial que con la veleidosa y rutilante especulación racionalista. Intentemos resolver las ecuaciones existenciales más complejas con simples fórmulas racio–vitales; descifremos crípticos idearios, atávicas e inefables pasiones–emociones con nuestros proverbiales filosofemas.
La Frase de Leonardo da Vinci (“La simplicidad es la sofisticación suprema”), era un apunte recurrente de Steve Jobs. Hoy parafraseamos algunas sensibles notas del diario de la escritora estadounidense Sarah Ban Breatnach (“El encanto de la vida simple”, 1995). Más que escribir sobre la magia de sentirla y disfrutarla, hay que vivenciarla y apreciar su belleza y su gracia. Al no lograr el cambio externo tan anhelado, hemos dejado de lado esas cosas sencillas que nos interpelan. Al retomar la senda hacia nuestro reencuentro, descubrimos sutiles avances. Muchos episodios fallidos nos obligan a replantear algunas estrategias de vida. Quizás si intentáramos, al reanudar nuestra marcha, descubrir el antídoto contra tanta toxicidad y valorar el sentido de nuestro rumbo y andar, pondríamos mayor cuidado en lo realmente necesario para nuestro diario existir.

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