Las fichas de dominó parecen estar cayendo. La estrategia hemisférica del gobierno de Donald Trump, implementada en Venezuela, estaría alcanzado a la dictadura cubana. Tras la caída de Nicolás Maduro y la llegada de la colaboracionista Delcy Rodríguez, Cuba perdió una importante fuente de recursos. El embargo, en vigor desde los años sesenta, se agravó en las últimas semanas por las sanciones a las que se exponen los países que suministren petróleo a la isla. Y así, el combustible se agota en la isla y, progresivamente, el país se apaga.
No es la primera crisis de este tipo que atraviesa Cuba bajo el régimen comunista. Tras la caída de la Unión Soviética, principal aliado político y comercial desde la revolución, Cuba entró en el “Período Especial”. La desaparición de la ayuda soviética supuso una fuerte crisis económica, la escasez de alimentos, los apagones prolongados y la decadencia generalizada de su infraestructura. Sin embargo, el dramático deterioro de la calidad de vida de los cubanos, no logró un cambio de régimen.
Los Castro sobrevivieron implementado estrategias económicas y políticas: abrieron la isla al turismo, legalizaron el dólar, y, en especial, mantuvieron la represión y el control policivo sobre la población. Medidas que hábilmente consiguieron reforzar en el contexto internacional, culpando al embargo estadounidense de la crisis cubana.
Llegó Hugo Chávez y fue su salvación. Los dólares, el petróleo, una plataforma política y comunicativa. Y así el régimen logró subsistir unas décadas más. ¿Y los cubanos? Sobreviviendo en ciudades a oscuras, edificios en ruinas, listas de alimentos y prostitución, mientras que los turistas consumen, en una moneda prohibitiva para los locales, los mojitos y daiquirís en cadenas de hoteles europeas.
Un viaje a Cuba genera tristeza. Frustra ver tal riqueza cultural en medio de la decadencia y, en especial, de la depredación del turismo sexual y la indiferencia de un régimen, cuyos líderes viven en condiciones radicalmente diferentes. Hace unos días, entrevistaron en una emisora nacional a un sacerdote de la ciudad de Camagüey, al oriente de la isla. Valientemente inició su charla diciendo que los cubanos llevan presos más de setenta años, y no precisamente de Estados Unidos.
Confinados por una ideología que, mediante propaganda, represión y apoyo, explicito o disimulado, de otros países, sostiene un régimen corrupto. La estrategia del presidente Trump es arriesgada. Cuba no es Venezuela. Allí llevan varias décadas más bajo el modelo del partido único reforzado por un discurso nacionalista y una desarticulada oposición política en la diáspora.
Pero, según contaba el sacerdote, los cubanos están frustrados y quieren un cambio, incluso a costas de esta crisis que, más que temporal, ya es endémica. No será fácil que caiga esa ficha del dominó, pero ojalá vengan cosas mejores para las generaciones de cubanos que no conocen lo que es vivir en libertad.
El dominó y la crisis cubana
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